Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de marzo de 2013

Agradecimientos y explicaciones


Pues eso. A Tgandara, Montse, Arcoiris y Mónica por sus correos. Sabéis que os contesto personalmente, pero ya es hora de que aparezca reflejado aquí el placer y el interés con que recibo vuestros comentarios. Estimo mucho el esfuerzo de enviarme una comunicación personal. Me gustan vuestras preguntas, aportaciones, elogios y críticas un poco acres (todos tenemos carácter). Demuestran interés por lo que se trata y aprecio por quien lo hace, máxime en una webb como esta, bitácora personal que, abierta a quien interese para lo que sea, no se cuida de motores de búsqueda, reserva de derechos, enlace a redes sociales ni coments a bote pronto. Formáis un club restringido, junto con unos pocos amigos, sufridos parientes y algunos visitantes asiduos o espóradicos. A ellos muchas gracias también. La página certifica pocas visitas (naturalmente) pero más de las que esperaría y, sobre todo, más lejanas en el espacio: los chivatazos estadísticos reflejan unos “verdes” tan extensos que a veces me pregunto si no serán una “gentileza” de Blogger.

La mayor parte de vuestros reparos se refieren a mi monomanía proustiana mi actitud cultural y mi forma de entender la literatura. Os debo una explicación.

Para la monomanía: Proust no es necesariamente mi autor preferido, creo que sólo es fácil tener un favorito si se han leído unicamente tres y no es mi caso. Lo que sí resulta es lo que dicen algunos proustianos: que forma un sustrato mental a través del cual pasa todo lo demás. Yo abuso de eso. Es imposible decir nada nuevo de Proust, ni como escritor ni como persona, pero su riqueza fertiliza toda clase de temas. A mí me sirve de referente para desarrollar un abanico de intereses diversos ya sean las consecuencias de la escritura electrónica, las técnicas de la autoficción o un análisis del erotismo (Pepa, acabo de recibir tu correo al respecto).

En los otros temas recurro a los argumentos de mis abogados

 Para mi actitud cultural:
Vous aimez Proust: vous êtes snobs.
Vous n’aimez pas Proust: vous êtes très snobs.
Vous l’ignorez: vous êtes vraiment très très snobs !


Para mi modo de entender la literatura:
Mientras la lectura sea para nosotros la incitadora cuyas llaves mágicas abren en el fondo de nosotros mismos la puerta de las estancias en las que no hubiéramos sabido penetrar, su papel en nuestra vida es salutífero. Se vuelve peligroso al contrario cuando, en vez de despertarnos a la vida personal del espíritu la lectura tiende a sustituirla, cuando la verdad ya no se nos aparece como un ideal que solamente podemos realizar a través del progreso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestro corazón, sino como algo material, depositado entre las páginas de los libros como una miel elaborada por los otros y que no tenemos más que molestarnos en alcanzar de los estantes de las bibliotecas y degustar luego pasivamente en un reposo perfecto del cuerpo y de la mente. Marcel Proust

Adios, os quiero a todos… y a Proust
Carmen

domingo, 20 de enero de 2013

Hommage à Marcel Proust



Posiblemente quienes conocen Proust.Notas  crean que poseo una nutrida biblioteca sobre mi autor de referencia. No es así. Mi interés por los textos de Proust es personal, me intereso más en perfeccionar su conocimiento que en valoraciones que ejerzan condicionamientos previos. Fuera de esta bibliografía, en aparataje crítico, sólo lo fundamental de los fundamentales. Selecciono mucho y descarto agotarme en  el corpus, de verdad casi infinito, de sus comentaristas para entrar en bucles del tipo "comentar lo comentado por Walter Benjamin".  Tampoco tengo madera de coleccionista ni de bibliómana. Cosa distinta es que me guste ejercitar un poco de fetichismo en búsquedas muy personales y sin prisa o dejarme sorprender por hallazgos casuales en fuentes no necesariamente canónicas.

La prensa es una de ellas, sobre todo en autoridades de máxima  confianza ¿Qué no deberé yo a los artículos de Pierre Assouline o Víctor Gómez Pin?

Alertas  para francés y español me informan de cualquier aparición de la etiqueta Proust en el mundo digital, me mantienen al día en publicaciones y actividades sobre el tema y me proporcionan enlaces de interés. En contenidos me dan menos rendimiento: pocos resultados se relacionan con lo que me interesa; la mayoría son verdaderas locuras de opinión y valoración, vertidas con mucho aplomo y pocos conocimientos en blogs, o incluso en medios que debieran ser más responsables. Algunas son francamente divertidas y merecerían coleccionarse en una antología del disparate.

A veces me regalan algún libro sólo porque aparece en el título el nombre de “mi” autor. Los leo. Es raro que no encuentre  en ellos un dato desconocido u opiniones  bizarras que me llevan a cuestiones colaterales.

Casi todo lo que tengo en esta periferia responde a una cadena de sorpresas o deseos al fin satisfechos o indefinidamente demorados. ¿Llegaré alguna vez a ver (su posesión imposible no es objeto de deseo) uno de los ejemplares de la edición "de luxe" de  À l´ombre… con su cubierta blanca, de la que en 1920 se editaron, ¡a 300 francos!, 50 ejemplares de los cuales se conservan 11? Harto improbable, pero me encantaría. Es decir, a veces se abre en mi subconsciente  una interrogación que quiere ser cerrada: un deseo

 Como ejemplo, la historia de mi ejemplar del Hommage à Marcel Proust.La Nouvelle Revue Française.París 1923.

En 2001, visitando un establecimiento de libro antiguo en el corazón del Midtown neyorquino un amigo sabio conversaba de cosas de bibliófilo con una persona de la librería. Me tradujo -es terrible: no hablo inglés- que por ese establecimiento había pasado un original del Hommage à Marcel Proust, libro del que entonces yo no tenía noticia, pero que quedó en mi memoria asociado a una  curiosidad por el objeto mismo.

Como todo el mundo, de vez en cuando, ojeo sin propósito definido bouquinistes y ofertas  de segunda mano y el pasado septiembre  encontré la de  un particular francés que vendía: Hommage à Marcel Proust. Facsimil  photomecanique de l´édition 1923. Broché. Très bon état.

Las excitaciones personales de quien esto escribe importan un bledo a cualquier lector, naturalmente, pero esta fue intensa. Y como este blog es casi autista, o eso me reprocha un visitante ocasional decepcionado por la falta de mecanismos de coment, enlaces y lista de páginas amigas, pocos me criticarán la confianza, así que me permito evocar la impaciencia, la expectación y el placer que debo a esta adquisición.

El día que me llegó el envío, de camino a la oficina de Correos donde debía recogerlo, recuerdo haber pretextado una cita urgente para no detenerme con una persona conocida. Una terracita al lado mismo de la oficina, un café, un delicioso solecito en la espalda y el envoltorio deshecho…

Sí, Très bon état!  Nuevo. Si acaso una ligera pátina. Una reproducción preciosa. Conserva, incluso, la etiqueta de librería con el precio en francos y lleva la nota de edición: Il a été tiré 30 exemplaires sur papier du Japon, dont 3 hors-commerce, numerotés de I à III, et 27 numerotés de IV à XXX, 330 exemplaires sur papier pur fil Lafuma, dont 10 hors- comerce, marqués de A à J et 320, numerotés de I à320. Esta tirada más popular es  la que reproduce mi ejemplar. No tiene número, pero sí papel de hilo.

Examiné el resto de los detalles bibliográficos, el índice de artículos, el elenco de contribuyentes franceses  e internacionales -Ortega entre ellos-  y me entregué a una lectura oblicua de los contenidos. Debí estar allí unas dos horas de reloj y varios cafés, (menos de los que hubiera tomado Proust). Pero el caso es que cuando después leí el libro con la necesaria calma, me sorprendió mucho la precisión alcanzada por aquella lectura ansiosa. ¡Qué cosa el tiempo y la hiperestesia emocional!

He vuelto a caer en lo personal: me había puesto al teclado para escribir una reseña de este libro, pero he descarrilado. Quede para una próxima ocasión.

Sevilla, enero 2013

martes, 9 de octubre de 2012

La dicha


El placer es crear la obra. Poner en acto la potencia de fabricar un mundo. La idea y el verbo. Escribir, leerse, reelaborar. Leerse, leerse, leerse.

Se divierte, se autoadmira, se prevé proyectado en los demás, da rienda suelta a su pensamiento, a su perfeccionismo, a su riqueza personal de bibliómano, filósofo, filólogo y todo lo que le da la gana. Se gusta a sí mismo más de lo que nos gusta a sus devotos. A mí no me dan compasión sus tribulaciones ni su mala salud. Pequeño precio. Al fin y al cabo él decide destinar toda su vida física, afectiva e intelectual a acabar en un libro. Disfrutarla y universalizarla a través de una reinterpretación magnífica. Orgullosamente consciente de esfuerzo, talento y genialidad.

Casi todos lo consideran con la beatería piadosa con que se admira a un mártir. Yo no. Su vida me parece un paroxismo feliz. Siempre quería más, siempre era capaz del impulso para llegar más allá y añadir un adarme de perfección a su dicha.

Fue completamente libre. Se quería a sí mismo. Disponía de todo su tiempo. Leía todo. Pensaba todo. Conversaba de todo. Eso es lo que lo hace dichoso. No la amistad, no el amor, ni comer, ni viajar. Construye su felicidad como quiere. Construye su obra como quiere. Tiene la audacia de no atenerse a la fabulación novelesca canónica. Sin pudor  ignora la sacrosanta intriga, la famosa situación dramática, la composición en exposición nudo y desenlace, inventa una voz original tan lejos del lirismo y del himno como de la frialdad. Completamente libre.

Quien haya vivido cerca de un autor sabe cuántas veces mira y remira su obra, se complace en ella, la remodela y perfecciona hasta que compromisos editoriales se la quitan de las manos. Entonces el proceso recomienza en una producción nueva; Marcel Proust no sufre esta cesura. Todo es una misma obra, un continuum en sí y para sí. Un eros perfecto que dura hasta… la última jugada en que la moneda inevitablemente cae del otro lado, pero, hasta entonces, la felicidad misma.

 La Recherche es una fiesta en la encrucijada de todos los caminos y él la gozó como nadie. Lo demás… sólo “la incurable imperfección del presente”.



Hace tiempo que me planteo cuál es el sentido de la dicha en Proust y tal vez tratar de ello.  Si tuviera una buena edición digital a la que aplicar un recuento de frecuencias, podría establecer un corpus de trabajo, pero la que tengo es imperfecta. En cualquier caso acopio un puñado de notas en que la noción de felicidad está asociada siempre a la reminiscencia o a la creación de la obra. Pero, de un lado, son pocas, de otro, demasiado profundas para reducirlas a una entrada en este medio.
 No hay duda de que alguien habrá trabajado ya este tema, aunque en los estudios que conozco sobre Proust y su obra el principio del placer se omite o se reduce a la sublimación del principio de la realidad, ese que subordinando el placer al deber, convierte los deseos insatisfechos en algo útil para la civilización y produce satisfacción moral. El Narrador predica esta ascesis cuando en LTR trata de los deberes que implica la construcción de la que será su obra, pero ahí hasta los comentaristas más avisados pierden de vista dos cosas: al Autor que, escondido detrás, disfruta construyendo una teoría y que La Recherche es el  parte de su victoria. Es raro que la excitación que se identifica con la búsqueda del placer, es decir, la huida del dolor y la entrega a lo que hace sentirse feliz, no se considere constituyente de la actividad creadora de la Recherche.

Adoptando el principio del placer y  dejando el tema  para intérpretes más preparados, expreso aquí lo que espontáneamente pienso de ello. A mí me parece que Proust era feliz. Mucho. Y no por sublimación.

Sevilla. Octubre 2012

domingo, 29 de abril de 2012

¿Quién no quiere a Robert de Saint Loup?

Una amiga que tiene la paciencia de leer este blog y la generosidad de hacerme observaciones agudas esta vez se enfada conmigo: -Me has destrozado a Saint-Loup!

Pues ya somos dos, Montserrat, a mí me pasó lo mismo. Fue, en otro tiempo, mi galán preferido. Como Oriana de Guermantes me gustaba por mala, St L. me gustaba por encantador, pero… Las reclamaciones al maestro: él lo construyó así. Luego va y nos  castiga por el pecado de empatizar con un personaje, que según he leído hace poco (detesto no acordarme de a quién debo citar) * es “cosa propia de lectores de novelas y singularmente  de lectoras”.(¡¡¡ por dios, por dios, si se trata de bobos, las mujeres primero!!!)

El St. Loup de mi primera vez con La Recherche fue el de la escena del restaurante y esa imagen se superpuso bastante tiempo a la de lecturas sucesivas, incluso me parecía que el St. Loup miserable era otro personaje. Podemos darnos el gusto de releer ese pasaje aunque es tal que me da pena desnaturalizarlo traduciéndolo

……………………………………………………………………………………
El protagonista, sumido en la más profunda melancolía por el plantón que acaba de darle la fantasmagórica Mlle de Stermaria, es literalmente arrastrado por St. Loup en una noche  de niebla y frío a un restaurante donde los contertulios menos chic son los jóvenes de Jockey Club. St. Loup, atento si no a disipar la tristeza del amigo al menos a reconfortarlo, declina la invitación de Príncipe de Foix, cuyo precioso gabán suscita comentarios en el restaurante y sólo lleva su cortesía a acompañarlo hasta su mesa para volver enseguida  con el amigo triste. Y aquí empieza la secuencia. Tiene mucho de cinematográfica.

“St. Loup reapareció en la entrada de nuestro comedor llevando en la mano el magnífico abrigo de vicuña del príncipe a quien comprendí que se lo había pedido para abrigarme. Como hubiera sido preciso que volvieran a mover la mesa o que yo me levantara para que él pudiera sentarse, desde lejos me hizo gesto de que no me molestase. Avanzó desde la entrada, subió ágilmente sobre los asientos de los divanes de terciopelo rojo que bordeaban la sala adosados a la pared y en los que sólo estaban  sentados tres o cuatro jóvenes de Jockey Club que no habían podido encontrar sitio en la sala pequeña. Entre las mesas, a una cierta altura, se tendían los cordones eléctricos de sus lámparas; sin dificultad, St. Loup los salvó diestramente como el caballo que salta un obstáculo. Confuso de que todo esto se hiciera por mí con el sólo objeto de evitarme un movimiento sencillísimo, yo estaba, a la vez, maravillado de la seguridad con que mi amigo llevaba a cabo semejante ejercicio de acrobacia. Y no era el único porque incluso aquellos a quienes menos hubiese gustado tal cosa si viniese de un cliente menos aristócrata y menos generoso, el patrón y los camareros, atendían fascinados como si fueran aficionados a la hípica presenciando en el hipódromo el pesaje de los jinetes, y un camarero como paralizado, se había quedado inmóvil sosteniendo la bandeja que unos comensales próximos a nosotros esperaban. Y cuando ST. Loup, que tenía que pasar por detrás de sus amigos, se encaramó al reborde del respaldo y avanzó por él en equilibrio, unos aplausos discretos estallaron en el fondo de la sala. Finalmente, llegado hasta mí, frenó, detuvo su impulso como un jefe militar ante la tribuna de un soberano, e, inclinándose, me tendió con un aire de cortesía y de sumisión el gabán de vicuña que en cuanto se hubo sentado junto a mí arregló sobre mis hombros como un chal ligero y cálido”
.................................................................................................

 ¿Cabe más gracia del movimiento y del ánimo? ¿Cómo podría no gustar? Tánto que no he querido utilizarla en el artículo anterior aunque, irremediablemente, como dices, ha perdido luminosidad. Esto de la literatura puede ser duro…sí,  ¿qué hacemos, nos cambiamos a lectoras inocentes?

* pues ya me he acordado: Jules Gaultier. Le bovarisme, la psycologie dans l´oeuvre de Flaubert.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Disparates coronados de adelfas

Por mantener activo el blog, a veces inserto materiales que rescato de mis notas antiguas. Así este artículo, que ya tiene unos años, de Manuel Vicent en  El País y la carta que a propósito de él le envié a la redacción del periódico. Copio directamente el borrador.En el texto de M. Vicent subrayo en rojo los aspectos que comento en mi carta. 


Nota. Edito la primitiva entrada. Dos amables comunicantes me señalan que algunos aspectos no quedaban claros en la primera redacción de la misma, así que los preciso más. Sólo cambio eso y el título de la entrada, ya que el nuevo texto no es estrictamente el borrador a que aludía. Críticas y sugerencias son siempre bienvenidas. Muchas gracias a quienes me leéis. 


Carta

Sr. Vicent.

No puedo por menos de hacerle llegar algunas puntualizaciones que por sí solas califican su artículo  Marcel Proust: Así hila el gusano la seda en Babelia del 18/10/2008.

Aunque Vd lo reitere, ni Reynaldo Hahn ni Lucien Daudet fueron condiscípulos de Proust en Le Condorcet. El escritor se matricula, con 15 años, en este liceo en 1886. A Hahn lo conoce en 1894, a través de él conoce  a los Daudet y la relación  amorosa con Lucien comienza en  1896.

Incluir en este grupo a Charles Haas es un auténtico disparate cronológico.  Nacido en 1832, es decir, 41 años mayor que el autor y muerto en 1901 cuando este tiene 20 años, dar crédito a lo que usted dice supondría imaginar al colegial quinceañero iniciando a un muy mundano caballero de cincuenta y muchos. Claro que, según usted, ¡¡¡ iban  juntos al colegio!!!... Lo cierto es que Proust apenas conoce a Haas personalmente. La fascinación por él como modelo para diseñar a Swann se alimenta sobre todo de fotografías: la tomada por Tissot en 1868, los retratos de Paul Nadar y las que pueden verse en la actual colección Roger Viollet.

Tampoco Proust publicó nunca Jean Santeuil. Es un intento de novela que abandona en 1899 sin terminar y muchos de cuyos materiales utilizó en La Recherche.

Lo que sí es un verdadero “lirio salvaje”de su cosecha es que Vd describa a Proust acudiendo a la Universidad  en  atuendo de gala, levita y orquídea en el ojal, con que lo retrata Jacques-Émile Blanche en 1892. Más exacto habría sido utilizar alguna de las fotos que muestran a Proust en el contexto estudiantil a que Vd. se refiere.

Proust no sólo "se matricula" (como Vd dice) en leyes: cursa completas esta carrera y, a continuación, la de Letras.

Lo de corruptor de menores y secreto visitador de burdeles masculinos, lo dice Vd. Como saberse sólo está documentada su relación con el burdel de hombres que Le Cuziat abrió en Rue L´Arcade en 1917. Sí  lo están, en cambio, sus visitas a casas de tolerancia femeninas y su larga relación con una de estas demi-mondaines. Lo de “cazador nocturno de los trasmontes” además de otra falsedad es una vileza.

Más: ni su madre le rechazó el beso de buenas noches (más bien se lo negó), ni la taza en que humedece la magdalena es de camomila. Que las muchachitas de Balbec eran rubias… puede que sea una licencia de Vd.. En todo caso la más importante de ellas, Albertine, es descrita explicita y repetidamente como morena.

Un cierto conocimiento de la ortografía de los nombres que menciona no estaría demás: no Hass, sino Haas; no Combrey, sino Combray, no Leontie, sino Léonie, y no cito todos sus errores…demasiados para atribuirlos a los duendes de la imprenta.

Podría seguir. Y eso sin criticar que aquello que parecería más creativo de su parte, la imagen del gusano hilando su seda, sea préstamo bastante manoseado desde que en 1905 Proust lo usara en una carta a Robert Dreyfus. Licencias y opiniones son personales. En cambio los datos son cosa objetiva y no hay que  confundir a lectores que probablemente se fíen de usted y den crédito a una semblanza fundada sobre datos falsos de un autor al que Vd. demuestra no conocer.

Dedíquese a la ficción, Sr. Vicent, y no pontifique acerca de lo que ignora, que Vd, aristócrata de las letras, me  recuerda aquello que dijo Cocteau a Proust cuando este se quejaba de que una duquesa no lo había leído: “on ne peut pas reprocher aux insectes de ne pas lire Fabre”. 

Lamento que un suplemento cultural prestigioso no controle la publicación de desinformaciones  como esta, pero más aún la irresponsabilidad y desprecio a sus lectores que suponen de parte de Vd. A mí los dos acaban de perderme como lectora-compradora.

Atentamente.


Artículo

REPORTAJE: DAGUERROTIPOS

Marcel Proust: así hila el gusano la seda

MANUEL VICENT 18/10/2008
A los 37 años comenzó a tejer su capullo de oro en miles de cuartillas en las que toda una época se iba deslizando por el sumidero. Al final se convirtió en la crisálida más evanescente de la historia de la literatura. Y todo por una magdalena
El niño mimado monta un drama porque su madre, que atendía a unos invitados, no ha subido a darle el beso de buenas noches. El adolescente enfermizo, lleno de melindres, incómodo con su corbata tan ancha como la cofia de su nodriza alsaciana juega por las tardes en los jardines de los Campos Elíseos con niñas de la burguesía dorada, se enamora perdidamente de una de ellas, Marie de Bérnardaky, hija de un aristócrata ruso, pero su belleza lo deja paralizado. El estudiante del Liceo Condorcet, afectado y ceremonioso, se retuerce en una neurosis compulsiva porque algunos condiscípulos, de los que también se ha enamorado, no le devuelven el afecto que él está dispuesto a darles. Entre todos el más guapo e indiferente es Daniel Halévy, quien soportará innumerables cartas doloridas de amor y despecho. Otros compañeros forman parte de esta galería de deseos contrariados, Jacques Bizet, Reynaldo Hahn, Lucien Daudet, Charles Hass, a los que trata de introducir con zalamerías en el mundo de los placeres ambiguos donde la belleza se libra de toda carga moral. El desprecio a sus requerimientos, sin dejar de admirar su ingenio por conseguirlos, será la ofrenda que reciba de sus amigos, si bien alguno será conducido de la mano a la oscuridad del jardín de las Tullerías y luego a realizar el doctorado en los prostíbulos masculinos de la plaza de Clichy.
Marcel Proust es un joven macilento, con ojos febriles de hindú, pelo negro partido por una raya en medio, bigote dibujado sobre unos labios mórbidos, que acude a la universidad con botines charolados, guantes blancos, levita entallada, corbata de plafón y un lirio salvaje en el ojal. Se matricula en Leyes, pero realmente no es sino un cazador de mariposas que aspira a ser recibido en los salones de París abiertos por algunas condesas en el faubourg de Saint Germain donde reina Zola, entre otros figurones enlevitados. Humillarse ante una aristocracia ya carcomida, adular a los petimetres del gran mundo y divertirlos con réplicas mordaces, malgastar el talento en besar la mano a las princesas fue un ejercicio que le permitió convivir con unas criaturas que luego serían personajes de ficción. Robert de Montesquiou, madame Straus, el conde y la condesa Greffulhe, Antoine Bibesco, los criados Celeste y Odilón Albaret, el mecánico Agostinelli, la princesa de Polignac, la condesa de Chevigné fueron parcial o enteramente transformados en Charles Swann, en Odette de Crecy, en Robert de Saint-Loup, en el barón de Charlus, en los duques de Guermantes, en madame Verdurin, arquetipos de una saga que se agitaba en un mundo que estaba a punto de esfumarse.
Esta gente tenía a Marcel Proust por un cronista amanerado de las fiestas de la alta sociedad. Había publicado una novela autobiográfica, Jean Santeuil, poco valorada mientras luchaba contra el asma y por mantener en secreto su doble vida de secreto visitador de burdeles masculinos, de cazador nocturno en los trasmontes. En los salones de la aristocracia era tenido por un zascandil escalador de los favores mediante la adulación más descarada y por ese motivo era objeto de bromas que Marcel soportaba a cambio de alguna sonrisa complaciente que se desprendiera de los labios de alguna princesa, de algún joven encantador que además fuera proclive al vicio nefando. Pero Proust iba hilando poco a poco su capullo de oro como un gusano hasta que al final se convirtió en la crisálida más evanescente de la historia de la literatura. Y todo por una magdalena.
La taza de camomila humeaba bajo su nariz y este hombre ya maduro un día mojó en ella una magdalena que se disolvió en varias migas dentro de la cucharilla. La elevó a los labios y no sucedió nada la primera vez. Tampoco la segunda. Pero a la tercera aquellas migas produjeron un efecto extraño. El sabor de la magdalena le abrió un alveolo del subconsciente donde la esencia del tiempo se hallaba sumergida. De pronto su sabor le trasportó a otra magdalena lejana que, de niño, su tía Leontie le daba en Combrey y a partir de ese perfume comenzaron a abrirse espacios de la vieja casa con sus voces, rostros, muebles, paisajes, todo un tiempo que se había perdido en la memoria.
De pronto recordó la escena en que su madre le rechazó el beso de buenas noches, las conversaciones en el jardín, los paseos de media tarde cuando, al salir por la puerta de casa, decidían si ir por el camino donde tenían la mansión los señores de Swann o por el lado de los marqueses de Guermantes. El humo de la camomila le trasportó también a los jardines de los Campos Elíseos y ahora aquella niña rubia que le había enamorado, Marie de Bérnardaky, se transformaría en Gilberte Swann. El tiempo era esa misma sensación que te acoge a veces entre el sueño y la vigilia, en que, al despertar, uno no se halla despierto del todo y por un momento ignora si está en la ciudad o en el campo, confunde su propia existencia y los objetos que le rodean. En ese estado de somnolencia emergió de su subconsciente la región de Balbec, sus vacaciones de adolescente en Normandía, con su abuela y la criada Françoise en el Gran Hotel de Cabourg, y sus excursiones a Deauville, a Trouville y a las casas de campo de sus amigos de París. En el Gran Hotel estaban aquellas muchachas en flor que jugueteaban con el adolescente Marcel en las praderas. Se llamaban Albertine, Adrée, Gisele, Rosemunde. Eran rubias, de mejillas doradas, con ojos de mar y bajo las sombrillas de colores movían sus cuerpos elásticos y hacían brotar risas claras mientras sonaba la orquestina de pistones en el paseo del malecón. Tal vez Albertine Simonet en sus coqueteos de aproximación y despego no era sino el trasunto de Daniel Hálevy, tan guapo y esquivo, y las otras niñas eran también las figuras masculinas de Jacques Bizet, Reynaldo Hahn, Lucien Daudet, los compañeros del Liceo a los que suplicaba un poco de amor furtivo sin conseguirlo. El arte nace siempre de la frustración.
Marcel Proust había nacido en 1871. Después de una vida neurótica y disipada, a los 37 años abandonó el mundo, se encerró en una habitación forrada de corcho siempre cerrada y humedecida con sahumerios para aliviar el asma y vestido con abrigo dentro de la cama, con tres bufandas y mitones como un gusano comenzó a hilar su capullo de oro durante una década en miles de cuartillas en las que toda una época se iba deslizando por el sumidero. Aquellos personajes de la aristocracia, aquellos jóvenes y niñas doradas estaban ahora a su merced. Con ellos creó un mundo de vicios y ensoñaciones, de fascinantes fiestas y cenagosas almas, pero la crítica tardó mucho en comprender que aquel primer libro de En busca del tiempo perdido no era una crónica frívola más de los salones, sino una creación pérfida en la que la memoria y la melancolía pueden reducir a la unidad todos los días de la existencia. El primer libro fue rechazado por André Gide, asesor de Gallimard, que nunca se arrepentiría bastante. Luego le dieron el Goncourt y la fama, pero hasta el momento de su muerte luchó frente al editor con una neurótica obsesión por extraer hasta el último hilo de seda de las vísceras más intimas de sus criaturas antes de cerrar la edición. Al final su legado fue éste: aquellos seres petulantes de la alta sociedad de París, vacíos, mediocres e inconsistentes que rodearon la vida del escritor han pasado a ser paradigmas de un mundo fascinante que llena nuestro espíritu de belleza al recordarlo y que sólo es bello porque se ha esfumado.



martes, 7 de junio de 2011

Avatar

Esta tarde ociosa y algo aburrida en que una navega por su propio hipertexto me ha llevado a dar una vuelta por el blog sin más propósito que autoleerme. No niego que hay en ello un cierto gusto, pero también es otro ejercicio. Al fin y al cabo esto ni lo lee casi nadie ni me esfuerzo en propiciar el acceso, así que no intento ponerme en los zapatos de un hipotético destinatario para imaginar su juicio, como hace Proust con su zarandeado artículo en Le Figaro, sino que, inevitable, yo misma me desdoblo en receptor e, inevitable, me juzgo. Todos nacemos locos, algunos persistimos en serlo, dice Samuel Beckett.

Soy una proustómana? Puede: como si aquejada de mala vista, este autor y esta obra se hubieran convertido en un instrumento óptico  para alejar, acercar, aumentar, ver en perspectiva o en detalle la idea, el laboratorio del lenguaje, el mundo interior del artista, la relación con lo otro y con los otros…  o como un desván divertido, inagotable, complejo y acogedor.
Una proustólatra? No creo: al menos si tal cosa supone pasión monomaníaca por un autor con referencia al cual se juzga toda obra literaria o al que no se le encuentran defectos. Mi caracter tiende al distanciamiento, y los argumentos maniqueos me parecen primarios, reñidos con la profundidad y la independencia.

Este blog es la historia de una lectura. La continuación de un movimiento que dura ya más de treinta años, que ha necesitado de apoyos técnicos, mnemotécnicos y eruditos consignados por aquí, pero en el que la idea propia es libre de dibujar sus contornos.

Al ojearlo, me doy cuenta de que en buena medida trasluce mi historia. La de mis preferencias: víctima gustosa de textos-ladrillo en que lo novelesco reside en la construcción de la novela, (si supiera inglés o ruso tal vez me hubiera entregado a Joyce o a Pushkin), de mis contradicciones, tan amante del minimalismo estético vengo a apasionarme por el mensaje artístico más hinchado, de mi temperamento (esto no voy a explicarlo, por si acaso).

Alguna de las entradas del blog no las suscribiría hoy, o no completamente ¡Qué se le va a hacer! a veces una se pierde en este iter cuyo final, por suerte, no se vislumbra; ignoro el tiempo que se necesitará para descubrir (como dice Passouline) el rosebud del héroe, ese elemento escondido en el texto que secretamente resume y revela la clave.  

En algún sitio dejo equiparado el personaje de la Recherche con la Moby Dyck textual, si fuera más moderna lo equipararía mejor a un avatar del autor. El avatar, esa otra piel virtual, (más virtual que la máscara clásica) que, en virtud de una construcción voluntaria, presenta la persona y la personalidad liberados de la ganga cotidiana y los transporta, en riesgo, a la levedad de la propia ausencia.

No sólo Proust. Al escoger y reflexionar, todos nos elegimos y nos reflejamos, nos convertimos en nuestro propio avatar y nuestra vida insípida en una aventura de búsqueda.

Sevilla, junio de 2011

viernes, 6 de agosto de 2010

Para Tgandara

 
Tus objeciones son razonables, pero aquí expreso criterios míos y se da el caso de que la literatura, el arte, que prefiero es la enigmática, la que insistentemente hace que el lector se plantee preguntas, no la que explica, promueve historias consumibles y aceptación del punto de vista autoral. Por eso, es cierto, no quiero a los personajes y nunca me ha hecho llorar una novela. Me conmueven de otra manera.

Pienso que si la lectura fuera distracción y consenso sería de la misma naturaleza que cualquier acto de consumo o curiosidad chismosa.  Y para posibles respuestas (por muy antiproustiano que esto sea) mejor la ciencia.

La actividadidad que acepto como destinataria es el enfrentamiento con el discurso formal-temático que el autor plantea. El estilo es para mí, como para Proust  (más o menos, cito de memoria)  la marca de transformación que el pensamiento del autor hace sufrir a la realidad y a la lengua. Pero que ambas cosas me admiren e interesen mucho no significa que me identifique con las que un autor propone

El lenguaje que uso para hablar de la literatura? No es el único posible. Se puede ir desde el de La Rueda de Virgilio al de la escuela idealista. Yo prefiero, para esto, terminología de contornos más precisos 

De todas formas, gracias por  debatir estas cosas; que nos interesen ya es tener algo en común ¿No crees?
 Agosto de 2010
mcmejias

sábado, 17 de enero de 2009

Proust y la tecnología


-->
Para navidades he recibido un curioso regalo de alguien que me quiere: un vistoso cuadro abstracto, único porque sus trazos son retazos digitalizados de mi ADN. Acompañado de una cita de Marcel Proust, Lo que los artistas llaman posteridad es la posteridad de la obra de arte. Es decir, no hay posteridad del individuo, sólo de su obra artística.

Así el irónico donante enmienda la plana al autor y a la admiradora: resulta que la posteridad real y la obra de arte pueden ser la misma cosa en este tiempo nuevo. Da qué pensar.


sábado, 16 de agosto de 2008

Nunca fui a Illiers

Tengo a la cabecera de mi cama un mapa de Illiers. Podrìa transitar por èl como por el más conocido de mis territorios. Pero nunca he ido allí. He estado muy cerca varias veces. ¿Cuánto quedará de Combray en el Illiers de hoy?
En fin, no descarto el atreverme. Cualquier día voy y me como en la pastelería la magdalena esa que dan a todos los turistas.
Sevilla 2004

*En 2006 superé este temor y visité Illiers. Lo cuento en detalle en la entrada "un proustiano en Illiers"