viernes, 16 de septiembre de 2011

La Recherche en el procesador de texto

Hace unos días releía El lenguaje como trabajo y como comercio. (F. Rossi Landi. Argentina 1975. 63 pág) curiosa de comprobar si para la explotación de los procedimientos de escritura mediante ordenador, también serían válidos los criterios de Rossi Landi sobre producción y capital lingüístico pero, sea por lo previsible  de las conclusiones del ensayo, por lo forzado de haber adaptado, sí o sí, los más altos y abundantes postulados teóricos a una argumentación simple, o por lo lejanos que parecen ya esos “planteos estructurales", que así se llama la colección, el opusculito me aburría y, a la vez, me distraía hacia la sensación nebulosa del trasfondo en el que se va dibujando otra idea.

Ante todo cumplamos con parroquia: Ferruccio Rossi Landi es un teórico importante del lenguaje de los años 60 del pasado siglo. Dentro del pensamiento del materialismo histórico, trabaja en lo que él mismo describe como “una expedición sobre un territorio inexistente”: el de la confluencia de la lingüística con la filosofía analítica y la teoría marxista. Su filosofía del lenguaje, en la base de los primeros estudios de semiótica no metafísica, ha tenido amplio seguimiento, por ejemplo en Umberto Eco.

Yo lo leí en los años ochenta con más esfuerzo que fruto. Mi cultura filosófica no daba para tanto y, además, ¿qué podía esperarse de una casi incondicional de Barthes, al que la escuela de R.L. tilda ¡nada menos! que de de cripto-reaccionario? En los préstamos que aquí deba a la obrita de referencia, me confieso de trivialización y paráfrasis.

Y devuelto al césar lo que es del césar revenons à nos moutons.


La sensación dicha al principio se concretó: se me apareció Marcel Proust (a mí se me aparece Proust, como Pessoa se aparecía a Ricardo Reis), dispuesto a componer La Recherche en un procesador de texto.

¡Qué cataclismo para la obra y todo su universo artístico, social, lingüístico y económico! En el lenguaje telepático propio de la situación me apresuré a tratar de disuadir al fantasma benévolo, argumentando bajo la influencia de lo que acababa de leer. Puede que él recibiera la idea con atención, pero contestar no contestó nada, así que aproveché mi incursión en el universo paralelo abusando de su silencio.


“ - El artilugio electrónico este es muy interesante, pero ¿aportaría algo a usted que ha amado los coches, pero nunca se le ha ocurrido conducir uno, ha metaforizado bella y largamente el teléfono, pero ha preferido que fuese Céleste la encargada de telefoner, ha usado el telégrafo, pero fue víctima de sus equívocos?…Un buen lector de la Recherche podría recordar que usted, Monsieur, da importancia incluso al significado de la caligrafía como expresión personal “…cada persona, hasta la más humilde, tiene bajo su poder esos pequeños seres familiares a la vez vivos y acostados en una especie de letargo sobre el papel, los caracteres de su escritura que son exclusivamente suyos” (IV 105). Está seguro de querer utilizar ese chisme?


Un artista es alguien que crea su propio remolino y que es responsable de mantenerse en él a flote. Esa es su nobleza y su esfuerzo: ese debatirse es la fundación del yo autoral y el mapa del viaje entre ese yo y “lo otro”, la huella en el producto de la búsqueda de una verdad subjetiva y la expresión de la elección estética, cosas ambas que tanto le importan.
Produciendo el texto con el ordenador usted daría la falsa imagen del autor que flota tranquilo eludiendo comunicar la responsabilidad de haber creado el vórtice y el esfuerzo de no ahogarse. Peor: usted mismo destruiría las pruebas, dinamitando su laboratorio secreto, para mostrar la obra como la superficie tersa del lago que oculta el cráter insospechado. Es eso lo que pretende ?


Sus lectores somos afortunados de que no haya ocurrido así. El rastro de los estados previos de su texto y de la idea existe materialmente. El crítico lo investiga, los genetistas de la obra, los historiadores, los lingüistas, los biógrafos encuentran en él sus materiales y los ponen a disposición de del lector alimentando la posteridad de la obra de arte, según usted única posteridad del artista.


Y eso en general, pero en esta obra y para esa raza extendida (¿otra race maudite?) de los proustianos significa mucho. Qué sería de ellos sin la documentación ingente que queda de la composición de La Recherche? Los cuadernos, los borradores, las sucesivas mecanografías corregidas, las pruebas de imprenta nuevamente modificadas constituyen una gran parte del sentido. No sólo introducen en la historia de su trabajo de escritor. Dejan ver el forjarse del discurso, permiten participar en el juego laberíntico de la construcción de una novela. Muestran el camino entre los vestigios embrionarios de idea y propósito y los cambios de rumbo que conducen a un tema y un estilo, a un significado ideológico y artístico, al esfuerzo del autor vinculado a la intencionalidad y la complejidad de esa producción.


Imaginarlo a usted, Monsieur, dando forma a su obra en un procesador de texto, modificando, suprimiendo sobre la marcha supone tal vuelco en la comunicación, en las relaciones sociales, económicas y lingüísticas de su creación literaria que esta resultaría otra.


Quizás en la industrialización del producto impreso alguien habría salido ganando: los primeros y arrojados editores de La Recherche, Calmette, Gallimard, el bueno de Jacques Rivière se habrían ahorrado un calvario, pero los lectores nos habríamos visto privados de la solidez de las buenas ediciones críticas. Incluso de muchos pasajes del argumento desechados en la versión definitiva (si es que tal cosa existe)


Aun adoptando una actitud puramente formalista, aquella que acepta que los valores estéticos (la forma lingüística, la composición, la estructura), pueden sostenerse por su cuenta y que el juicio del arte puede ser aislado de consideraciones como las éticas y sociales que trata Rossi Landi, coincidimos con el filósofo del lenguaje en que una obra se forma en la dialéctica de la satisfacción de necesidades, en el proceso durante el cual se instituyen las relaciones de trabajo y producción y que la complejidad del trabajo está determinada por la complejidad de la necesidad. Ahora bien: la complejidad de su trabajo sería muy distinta si La Recherche hubiera sido elaborada en un procesador de texto. No sólo su escritura habría sido distinta. El resultado final también. También el comercio establecido con los destinatarios.


Dudo de que usted, Monsieur, procesador en ristre… hubiera sido un “poeta persa en una garita de portero”. Aunque Barrés usara esta expresión aludiendo a la construcción de una obra exquisita con materiales de la vida cotidiana, Rossi Landi entendería seguramente que la portería es la lengua de uso común y que todo autor, sea más o menos especial, irremediablemente escribe desde esa garita de conserje, llegue o no a convertirse o a ser comprendido como un poeta “persa".

Por el contrario, la escritura móvil y deslocalizada del procesador, la automatización del recurso a fuentes léxicas y referencias culturales habría convertido la loge de concierge en un palacio de cristal donde silenciosos lacayos impersonales con un gesto sencillo cambiarían el texto transportando partes del mismo de un lugar virtual a otro, comparando posibilidades de contenido y de forma, sustituyendo y suprimiendo con una acción instantánea que modificaría en tiempo real las unidades de memoria y de emulación en pantalla. Adiós a los mil borradores, a las paperoles a los becquets… Sí, también a los olvidos, a las repeticiones, a las incongruencias.
No sé, Monsieur, qué piensa usted de esto último, ignoro si le tentaría.


No digo que un procesador de texto pueda producir él solo una obra literaria. En realidad, igual que un autor, trabaja con un instrumento preexistente: la lengua, pero el corpus es muy diferente del de un hablante particular y una combinatoria externa suplanta la primitiva intencionalidad.

Rossi Landi explica cómo todo hablante ha pasado por la nursery del lenguaje donde aprende a servirse de productos y modelos ya hechos por la tradición que sólo en casos excepcionales es capaz de enriquecer. Pero el procesador de texto no es el jardín de infancia donde el hablante se forma, sino la oficina tecnológica donde, lingüísticamente adulto, vive y trabaja, y cada una de estas tipologías determina los rasgos del trabajo lingüístico.

En el primer caso, las operaciones mentales que gobiernan la producción de lo literario son fruto de una introyección individual que pone en marcha el tesoro lingüístico adquirido, sometiéndolo a una toma de conciencia por la que el habla o la escritura se convierten en un medio cuyo manejo presenta dificultades personales de expresión y comunicación, dificultades con las que los autores coetáneos de usted batallan solos. En el segundo, las operaciones mentales se externalizan y recurren a un universo más que colectivo mostrenco.

Desde luego, esta virtualidad de la escritura electrónica hubiera podido ahorrarle muchísimo esfuerzo a usted, a la obra muchas vaguedades, al lector la perplejidad en que pueden sumirlo muchos errores, menores unos, como los de esos personajes que reaparecen inopinadamente porque usted olvida haberlos hecho morir en capítulos anteriores, esos interlocutores imposibles porque el narrador habla con ellos a pesar de haber explicado antes que viajan en un coche distinto… otros de importancia para la estructura como la segmentación vacilante de la obra y sus partes. 

Ya sé cuánto tuvieron que ver en eso sus asuntos de salud y sus editores. Y seguramente esta escritura deslocalizada e inmaterial, como señal electrónica que es y que, como consecuencia lógica de la inmaterialidad del canal y de los propios textos, es transportable y participativa, inmediatamente legible a distancia y abierta a ser modificada por los destinatarios, podría haber acelerado la composición y corregido esas imperfecciones. ¿Desea usted, Monsieur, hasta ese punto la felicidad de los sufridos mártires que fueron sus editores y tipógrafos? ¿Le tienta ahorrarse el tormento de corregir dactilogramas y pruebas de imprenta?
Piense que podría ponernos en riesgo de que el criterio de otros supliera algunos “errores” gramaticales o algunos lapsus de memoria. Tal cosa ya sucedió…y no salió bien ¿Recuerda? Sólo gracias a los miles y miles de trazas que usted, Monsieur, fue dejando pudo remediarse tal desastre.

Además permita a esta lectora insistir en algo más grave: la movilidad de la escritura eléctrónica quiere decir exactamente que el texto no está fijado sobre un soporte, es virtual, frágil, existe en el ciberespacio, no sobre un soporte material y su construcción no deja huellas como lo haría sobre una hoja de papel. En este procedimiento los estados de composición de un texto no tienen interés, son, sencillamente, la manera de ensayar secuencias para obtener el texto deseado.”

A juzgar por su gesto, eso de que la construcción textual se identificara con el procedimiento de escritura no debió parecer baladí a Proust. Así que, animada como el conservador que defiende obstinadamente un monumento contra los restauradores poco fiables, ahondé en el argumento.


“- En efecto, la escritura electrónica añade un rasgo muy específico a la producción: el hecho material de escribir se vuelve autogenerador entendiendo por tal cosa que la escritura en ordenador influye o actúa sobre sí misma.


Si está pensando que la escritura siempre ha sido interactiva, (usted es un buen ejemplo, el mejor ejemplo), que quien escribe reacciona ante lo que ha escrito para transformarlo y que justamente la hipertextualidad informática facilitaría la explotación de infinitas posibilidades, permítame contarle la experiencia real de quienes hoy trabajan con este medio.


La rapidez con que las transformaciones y comparaciones pueden producirse en el ordenador modifica las consecuencias del impulso de transformación. La escritura sobre pantalla, a causa de las posibilidades permanentes de interacción se vuelve más exterior: buena parte de la actividad de quien escribe se dirige hacia la fabricación externa del texto, incluidas las posibilidades de presentación e incluso la de verificar en una inmediata copia impresa el aspecto final que tendrá el trabajo, mientras que la escritura manual y la mecánica dirigen más la atención del autor hacia el interior del texto y la reflexión crítica de los contenidos.

Incluso aspectos materiales del procedimiento que pueden parecer sin importancia la tendrían: usted vería la progresión de su texto en una pantalla  que lo desplaza en rodillo, no pasando páginas. Aunque no le hubieran  informado (seguramente lo habrían hecho) de que en la presentación de la escritura electrónica un párrafo de más de 10 líneas es un suicidio comunicativo, usted mismo lo advertiría con inquietud... Qué influencia va a tener eso en su sintaxis? Vería con agrado esas frases de cientos de palabras que son caracteríasticas de su estilo o las modificaría?


No hace falta ser R.L. para entender que el comercio lingüístico del intercambio comunicativo es un asunto social. Las consecuencias que el disponer de este nuevo tipo de escritura tienen para la circulación de mensajes, el arte y la economía no se imagina usted qué revolución han producido en las relaciones sociales de la literatura, el lenguaje y la industria de los productos impresos.

La puesta en obra del material de que se compone un idioma consiste en una planificación para satisfacer una necesidad concreta de comunicación explícita, el texto, e implícita, la intención del autor. A eso tiende el trabajo lingüístico y específicamente el literario. El locutor explota a fondo el modelo para obtener una comunicación propia que el sistema haga posible, pero no previsible Usted ha trabajado con ese criterio en los pastiches y en los textos críticos: lo que verdaderamente presenta el arte literario es el impacto de un autor sobre el modelo de la lengua.

La Recherche no es una obra fácil. Si bien la comprensión de un mensaje lingüístico se presenta en apariencia como algo natural ya que un auditor no puede dejar de interpretar en cierto modo la expresión emitida por un locutor de la misma comunidad lingüística, de ello no resulta que sea capaz de darse cuenta de la complejidad por la cual se producen tales expresiones y, en consecuencia, de su alcance objetivo, dado que  los productos del lenguaje humano se caracterizan por la posibilidad de satisfacer necesidades más complicadas de las que corresponden a su valor de uso práctico. En ayuda de la descodificación de ese valor diferente de La Recherche vienen precisamente los experimentos al margen que los lectores vamos a perder si usted decide elaborarla en ese chisme electrónico.


Tales ensayos van más allá de mantener disponible el capital lingüístico que usted entrega a los destinatarios de su obra. Incrementan el tesoro lingüístico social, sirven para que el acervo logrado no se agote en actos particulares de recepción, lo que equivaldría al consumo del capital disponible, sino que retroactuan sobre el capital de la comunidad aportando innovaciones a las palabras y a las combinaciones que las rigen. En eso, el método de escritura tradicional contribuye mucho más que el electrónico a perfeccionar el intercambio gracias a la fiabilidad material de los rastros de elaboración  interna a la acción humana de la escritura.”


Me pareció que el fantasma de Proust quería volver a su limbo temporal y, asumido que, ya que estaba en su habitación, no iba a coger su sombrero y marcharse como hacía Pessoa, era yo quien debía desaparecer, así que urdí a la desesperada un colofón.


“- Entiendo, Monsieur, que le interesa más este asunto del procesador como juguete que la posibilidad de admitir extraños en el acto de su creación o de no dejar huellas. Usted es muy consciente de deber encuentros felices a las migajas previas que ha ido dispensando a la curiosidad de los lectores y a los acertijos textuales que dejó a sus exégetas futuros. Que quieran adivinarlo a usted también contribuye al trabajo y al comercio del lenguaje,a la perduración de su fama, a los fondos de archivos y la actividad de coleccionistas, al sostenimiento de los libreros y a publicaciones mil. Incluso a ciertos mensajes tan prescindibles como este que flotan en el ciberespacio”.


Parrafada excesiva, la mía y subestimación de la calidad de la materia de los fantasmas. Antes de que terminara, el ectoplasma de Proust se había desvanecido.


Sevilla. Septiembre de 2011

martes, 30 de agosto de 2011

Bonsáis

Proust amaba los árboles. À la Recherche está llena de ellos: los grandes árboles de Francia, los espinos blancos emblemáticos de la infancia en Combray, los simbólicos árboles de Hudimesnil, los del Bosque de Bolonia convertidos por el otoño en delicados diseños contra el cielo… A la vez, las veleidades estéticas del momento concretan los anhelos exóticos del Romanticismo en valores plásticos, pero también en objetos y bagatelas que la circulación de mercancías pone a su disposición.


Los pabellones japoneses de las Exposiciones universales (1867, 1878, 1889) pusieron de moda la estética oriental, los pintores descubren entonces las estampas, los viajeros traen bibelots, las cocottes se apasionan por crisantemos, cojines de seda y lámparas japonesas. Galerías y tiendas especializadas, como la de Bing, mencionada por Proust, se abren durante toda la segunda mitad del siglo XIX y el “japonesismo” se convierte en un fenómeno presente en la vida artística y emocional francesa. Al mismo tiempo, eso sí, que los japoneses de la época Meiji contratan jardineros holandeses e imitan las modas y los salones de París. Nada más gracioso que un grabado (Mary Evans. Picture Library) del acto de promulgación de la Constitución japonesa en 1889 en que, acomodadas en altas sillas imperio, las damas japonesas cuidadosamente vestidas y peinadas a la francesa escuchan al emperador que, igual que sus dignatarios, luce uniforme con levita, banda y entorchados perfectamente occidentales.

Proust solía burlarse del Extremo Oriente de pacotilla, tan ridiculizado en su pastiche del diario de los Goncourt en 1883 y en una deliciosa e irónica descripción de la decoración de la vivienda de Odette, como muestra de la mezcolanza propia de esnobs sin gusto, seguidores de la moda del momento. Pero él mismo no escapa al orientalismo dominante. Así, ya en 1892, Proust regalaba a sus amigas ramos de quince crisantemos “esas flores orgullosas y tristes como usted”.

Y se fija en los bonsáis.

He aquí, en La Recherche la evocación proustiana, puesta en boca de Albertine:

Un helado no necesita ser grande,[…. ….] esos helados de limón son montañas auténticas reducidas a una escala muy pequeña, pero la imaginación restablece las proporciones como en los arbolitos japoneses enanos que, sin embargo, se reconocen sin dudar como cedros, robles y manzanillos hasta el punto de que si colocara algunos a lo largo de un reguerito en mi habitación, tendría, descendiendo hacia un río, un inmenso bosque en el que los niños podrían perderse .( La Prisonnière)

Hay en la obra mayor un par de alusiones más que ahora mismo no tengo localizadas. Algo referido a la capacidad de significación de esos árboles “cuya sombra no es mayor que la de una mano”.

También referencias a los “árboles enanos japoneses” (único nombre con que aparecen) en la obra menor de Proust y en otros escritos de la época, como la mención del jardín del súper aristócrata, súper elegante y súper extravagante conde Robert de Montesquiou quien añadía a su exagerada originalidad un rasgo exclusivo en forma de jardín japonés.

El apartamento del conde de Montesquiou, en la calle Franklin, se sitúa en la planta baja que da sobre un jardín en terraza suspendida dominando el Boulevard Delessert. Su jardín contiene un grupo de árboles enanos del Japón que cuida Hata, un jardinero japonés. Tuyas centenarias están colocadas en tiestos de porcelana. Se ha dispuesto también un jardín de rocas cuidado por un criado, igualmente japonés, que distribuye en él unas linternas al anochecer.
(De una crónica de la época)

Un pequeño pensionado vegetal desmedrado y resucitado os tiende sus brazos japoneses, suntuosamente nudosos y robustamente raquíticos, desde el fondo de Chelsea de París… o más bien desde el corazón.
(Carta de Robert de Montesquiou al pintor Wistler).

Un jardín tan raro y refinado como el que usted me permitió visitar hace unos días
(Proust en una carta a Montesquiou).

Las semillas son flores para la imaginación, del mismo modo que los árboles enanos japoneses de Bing son árboles para la imaginación”.
( Proust, en una carta a a Marie Nordlinger)

Precisamente, creo que es Painter quien menciona que Proust se hizo comprar tres de estos “árboles enanos japoneses “ para que le sirvieran de inspiración en su cuarto… No creo que le durasen mucho y quiero imaginar que la reflexión inspirada por su fragilidad temporal fue aquella que, en 1907, escribe a Mme de Noailles poniendo los bonsáis como ejemplo de la inmensidad que cabe en un solo verso: Mme. de Noailles sabe que las ideas enmarcadas en las dimensiones de tiempo y lugar, cuando son profundas, se liberan de la tiranía de uno y otro y entonces adquieren extensión y duración infinitas [……… ] Usted en sus metáforas sustituye la descripción de lo que existe por la resurrección de lo que hemos sentido ante la realidad, única verdad que nos interesa.

Proust saca partido de todo pero, en fin… este no es ni siquiera un tema, más bien una curiosidad.

Sevilla Diciembre 2009

martes, 7 de junio de 2011

Avatar

Esta tarde ociosa y algo aburrida en que una navega por su propio hipertexto me ha llevado a dar una vuelta por el blog sin más propósito que autoleerme. No niego que hay en ello un cierto gusto, pero también es otro ejercicio. Al fin y al cabo esto ni lo lee casi nadie ni me esfuerzo en propiciar el acceso, así que no intento ponerme en los zapatos de un hipotético destinatario para imaginar su juicio, como hace Proust con su zarandeado artículo en Le Figaro, sino que, inevitable, yo misma me desdoblo en receptor e, inevitable, me juzgo. Todos nacemos locos, algunos persistimos en serlo, dice Samuel Beckett.

Soy una proustómana? Puede: como si aquejada de mala vista, este autor y esta obra se hubieran convertido en un instrumento óptico  para alejar, acercar, aumentar, ver en perspectiva o en detalle la idea, el laboratorio del lenguaje, el mundo interior del artista, la relación con lo otro y con los otros…  o como un desván divertido, inagotable, complejo y acogedor.
Una proustólatra? No creo: al menos si tal cosa supone pasión monomaníaca por un autor con referencia al cual se juzga toda obra literaria o al que no se le encuentran defectos. Mi caracter tiende al distanciamiento, y los argumentos maniqueos me parecen primarios, reñidos con la profundidad y la independencia.

Este blog es la historia de una lectura. La continuación de un movimiento que dura ya más de treinta años, que ha necesitado de apoyos técnicos, mnemotécnicos y eruditos consignados por aquí, pero en el que la idea propia es libre de dibujar sus contornos.

Al ojearlo, me doy cuenta de que en buena medida trasluce mi historia. La de mis preferencias: víctima gustosa de textos-ladrillo en que lo novelesco reside en la construcción de la novela, (si supiera inglés o ruso tal vez me hubiera entregado a Joyce o a Pushkin), de mis contradicciones, tan amante del minimalismo estético vengo a apasionarme por el mensaje artístico más hinchado, de mi temperamento (esto no voy a explicarlo, por si acaso).

Alguna de las entradas del blog no las suscribiría hoy, o no completamente ¡Qué se le va a hacer! a veces una se pierde en este iter cuyo final, por suerte, no se vislumbra; ignoro el tiempo que se necesitará para descubrir (como dice Passouline) el rosebud del héroe, ese elemento escondido en el texto que secretamente resume y revela la clave.  

En algún sitio dejo equiparado el personaje de la Recherche con la Moby Dyck textual, si fuera más moderna lo equipararía mejor a un avatar del autor. El avatar, esa otra piel virtual, (más virtual que la máscara clásica) que, en virtud de una construcción voluntaria, presenta la persona y la personalidad liberados de la ganga cotidiana y los transporta, en riesgo, a la levedad de la propia ausencia.

No sólo Proust. Al escoger y reflexionar, todos nos elegimos y nos reflejamos, nos convertimos en nuestro propio avatar y nuestra vida insípida en una aventura de búsqueda.

Sevilla, junio de 2011

lunes, 14 de marzo de 2011

NOTA CRONOLÓGICA PARA LEER ÁLARDTP

Para Montserrat y Julio




PERIODO
FECHA
POLÍTICA Y PERSONAJES
BORBONES
1643 – 1715
1774 -1792
Luis XIV Rey Sol
Luis XVI
REVOLUCIÓN FRANCESA
1789



1792 /93/94




1795
Ejecución de Luis XVI y Maria Antonieta.
Bastilla

Convención nacional: jacobinos

El Terror: Robespierre

Derrocamiento de Robespierre

I REPÚBLICA
1795 – 1799
1799 - 1804
Directorio
Consulado de Napoleón
I IMPERIO
1804 1814
1815
Imperio napoleónico
Los 100 días. Waterloo
RESTAURACIÓN BORBÓNICA
1814

1814 – 1830
Abdica Napoleón

Luis XVIII y Carlos X
Constitución inefectiva
CASA DE ORLEANS
1830 -1848
Luis Felipe de Orleáns
Sufragio universal
Constitución efectiva
II REPÚBLICA
1848 - 1852
Luis Napoleón Bonaparte
II IMPERIO
1852 - 1870
Napoleón  III
Haussmann
GUERRA FRANCO-PRUSIANA
1870 - 1871
Pugna bonapartistas / realistas
III REPÚBLICA
1871 - 1946


1871    / 73




1872    / 79

1879 / 87

1887 / 94

1894 / 95


1895 / 99

1899 / 1906


1906 /13

1913 / 20







1920 / 24



1939/1945
Tiers: Tratado de paz con Rusia
La Comune de Paris (marzo/mayo 1871)

Mac-Mahon
Grévy

Carnot

Perier. Comienza Affaire Dreyfus

Faure

Louvet.  Fin de Affaire Dreyfus

Fallier

Poincaré. Leyes laicas. Expansión colonial.
1ª Guerra mundial: tratado de Versalles.

Jofre. Clemenceau (1918)

Millerand
Gobiernos progresistas

2ª Guerra Mundial
Gobierno de Vichy
Gobierno provisional

IV REPÚBLICA
1946 - 1957
Coflictos Indochina
Y Argelia
Schuman. Mendes-France

V REPÚBLICA
1958
Constitución 4 de octubre.
De Gaulle

viernes, 18 de febrero de 2011

Un informe policial

"PROUST SURPRIS CHEZ JUPIEN (Assouline. Le Monde 1/ 5/ 2005)
Mais ce qu’on ne savait pas, c’est ce que la police en savait. Grâce à Laure Murat, désormais, on sait.

Dans son rapport en date 19 janvier 1918, le commissaire Tanguy écrit au lendemain de sa descente rue de l’Arcade :

Cet hôtel m’avait été signalé comme lieu de rendez-vous de pédérastes majeurs et mineurs. Le patron de l’hôtel, homo-seuxuel (sic) lui-même, facilitait la réunion d’adeptes de la débauche anti-physique. Des surveillances que j’avait fait exercer avaient confirmé les renseignements que j’avais ainsi recueillis. A mon arrivée, j’ai trouvé le sieur Le Cuziat dans un salon du rez-de-chaussée, buvant du champagne avec trois individus aux allures de pédérastes. Et parmi eux, sur la liste, entre un soldat en convalescence et un capotal (1) en attente d’être réformé:“Proust, Marcel, 45 ans, rentier, 102, bd Haussmann”


Versión.
"Proust sorprendido en casa de Jupien. (Assouline. Le Monde 1/5/2005)

Pero lo que no se sabía, la policía lo sabía. Gracias a [la investigadora] Laure Murat, ahora lo sabemos todos.

En su informe de 19 de febrero de 1918, el comisario Tanguy escribe al día siguiente de su inspección en la calle de l´Arcade:

Este chalet me había sido señalado como lugar de cita de invertidos mayores y menores. El patrón de la casa, asimismo homosexual, facilitaba la reunión de adeptos al libertinaje antinatural. Las vigilancias que ordené confirmaron las informaciones recogidas. A mi llegada encontré al señor Le Cuziat en un salón de la planta baja, bebiendo champán en compañía de tres individuos con aspecto  de homosexuales”
Y entre ellos, en la lista, entre un soldado convaleciente y un suboficial (1) en espera de ser licenciado: "Proust, Marcel, 42 años, rentista, 102 boulevard Haussmann” (2).

1. Errata, supongo, en el original: “capotal” por caporal.

2. Ayer, entre mis papeles encontré esta nota antigua. Recordaba el dato, pero al volver a leerla me fijo en que Assouline señala que un adjetivo lo impresiona: “rentista”.

A mí tambien

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un proustiano que no "proustifica"

Desde la adolescencia Proust cultiva voluntariamente una escritura personal de sintaxis demodée y minucias inteligentes. En 1887, sus camaradas más cercanos del Liceo Condorcet,  ambiciosos y cultos como él,  inventan el verbo proustificar ,“proustifier”, para calificar burlonamente  ese modo  excesivo:
“ habíamos creado entre nosotros el verbo para expresar una actitud un poco demasiado consciente de amabilidad, con complicaciones sentimentales que se podían calificar de bucles interminables y preciosistas”. (F. Gregh. Mon amitié con M.P.)

Pues bien, por un contagio insidioso, todos los proustianos cuando hablan o escriben de Proust proustifican de palabra y obra. Casi no se advierte hasta que se da de bruces  con uno que no lo hace. Es el caso de Louis Gautier Vignal en Proust connu et inconnu. Editions Robert Laffont 1976.

Este libro formó parte de uno de esos alijos un poco casuales que se traen de un viaje. Comprado a un bouquiniste de cualquiera de los mil puestecillos que tapizan Avignon con ocasión del Festival, llegado a casa, y antes de leerlo, se integró tan perfectamente en la biblioteca que desapareció. Al cabo de quince años, y por una movida de las que se hacen  en las viviendas afortunadamente cada mucho tiempo, helo aquí, un poco ajado, con su estilo editorial encantadoramente anticuado y dedicatoria autógrafa del autor a unos amigos ilustres. Un vistazo bibliográfico me hace sospechar que hoy sea inencontrable y es lástima, porque sus 293 páginas, más un anexo de autógrafos de Proust, me han proporcionado una tarde divertida y una lección, si no una vacuna, contra el virus de la proustificación.

La obra no está exenta de penetración e interés. En el estilo lingüístico sobrio del buen francés y siguiendo las normas de una exposición académica, aborda aspectos  biográficos y literarios de Proust. Si lo que aquí digo ofrece una visión injustamente reduccionista de este trabajo de Gautier Vignal, se debe  a que sólo espigo en su libro las partes que, en aras de la objetividad, se dedican a desmontar la mitología suscitada por ciertos aspectos de la vida de Proust mal conocidos o morbosamente amplificados.

La verdad, ni idea de quién era el conde L.G.V. (y debería tenerla, porque se citan alguna vez sus contactos con Proust).  “Du même auteur “, en el ejemplar, me informa de sus abundantes publicaciones en el campo de los estudios históricos, ensayo, novela, teatro y poesía. De su vida él mismo provee  abundantes datos: …familia de ilustres militares franceses vive la mayor parte del tiempo en Alemania, Italia, Inglaterra y la Costa azul francesa. Licenciado, como Proust, en Derecho y Letras, sigue durante años en Dresde, postgrados de música y filosofía, sobre todo de Kant. Acerca de su personalidad y su modo de exposición da buena idea la autodescripción que hace en el libro:

“Me gusta dar consejos. Es una disposición que ya tenía desde la infancia. A los doce años, la víspera del día en que, en nuestra casa de campo, iba a recibir la confirmación de manos del arzobispo de Niza, mi confesor me dijo que podía pedir al Espíritu Santo que me concediera dos dones que era libre de elegir entre los siete que me enumeró […………] descarté la fuerza, la ciencia, la prudencia, y pedí al Espíritu Santo el don de la inteligencia y “el don del buen consejo”. No sé hasta que punto me otorgó el primero, ya que uno no sabe nunca lo que vale la propia inteligencia, pero en lo que concierne a mi segundo deseo fui colmado. Doy muchos consejos. Los creo buenos. No siempre son seguidos”.

En 1914, sin conocerlo personalmente, Proust se dirige a él porque lo sabe amigo del aviador Roland Garros, pidiéndole que allegue noticias de las circunstancias de la muerte de Agostinelli. Ese mismo año G. V. se traslada a París. Afectado él mismo por la fiebre del heno, tampoco es movilizado y se instala en la capital durante la guerra. Visita a Proust y se establece entre ellos una amistad y una frecuentación bastante asidua favorecida porque la mayor parte de los amigos y familiares de ambos están en el frente de batalla. Es una época en la que ya Proust casi no se levanta de la cama y G.V. lo visita en casa, lo acompaña en sus escasas salidas, le presenta algunas personalidades del mundo intelectual que siguen en París y… le da consejos.

El autor de Proust connu et inconnu concibe por el escritor un gran cariño protector y una admiración enorme, pero lo analiza  desde una lógica del bon sens  poco usual aplicada a Marcel Proust. Lógica que, si de un lado cabe dudar si alcanza a dar cuenta de las complejidades del amigo, nunca es errónea y, de otro, hace que el  lector se ría un poco de  sí mismo porque le muestra aspectos elementales en los que las propias altisonancias no le habían hecho caer. En suma, Proust connu et inconnu bien podría haberse titulado Proust desde el sentido común o Deconstruyendo a Proust

Por ejemplo, dice escribir este libro para corregir lo que se está publicando sobre el autor de La Recherche  “Muchos de los biógrafos de Proust lo representan como un ser caprichoso, original y extraño. Pero no hay que olvidar que la mayor parte de ellos no lo han conocido”. Y no sólo “el biógrafo inglés” al que critica tanto (aunque menos ácidamente) como Céleste, sino incluso algunos que  habiéndolo conocido se creen libres de informarse y autorizados a interpretarlo, como André Maurois.

Reivindica la información que aporta como un  deber de responsabilidad y veracidad. Pasa revista muy ordenada a los rasgos de carácter, comportamiento y modo de vida de Proust y, en una segunda parte que titula “Grandeza de la obra”, al estilo y los contenidos de la misma. Invariablemente sigue un método de análisis para rebatir los tópicos: tesis comúnmente aceptada, antítesis, prueba de la tesis y de la antítesis larga y documentada, comparación de la evidencia a que llega con la situación de Proust, tesis/conclusión.

Vale la pena resumir sus criterios siguiendo de cerca sus palabras para desmontar “la leyenda de Proust”.


La penosa tarea de escribir. Todos sus conocidos y biógrafos resaltan que para Proust escribir era un suplicio físico. El mismo se queja y lo explica muchas veces, como en esta carta a Louis de Robert : Una carta como la que le escribo en este momento, no se imagina que esfuerzo representa. Escribo [en la cama] apoyado sobre un codo y con el papel en el vacío. A las diez líneas estoy destrozado. Y si eso es con una carta, qué esfuerzo no debieron requerir tántos miles de páginas.

G. V. se asombra, lo aconseja ¿Por qué tanto esfuerzo? Es posible escribir comodamente; cita escritores que tampoco trabajaban en una mesa convencional, pero ¿por qué acostado en un lecho, por demás nada confortable? Incluso así, existen mesas-pupitre para enfermos, Y ¿por qué servirse  de gruesos cuadernos escolares de pasta dura? Dado que el autor no cesaba de modificar e incrementar lo ya escrito, los añadidos se hacían imposibles y, aprovechados ya los márgenes estrechos, Proust recurría a los famosos becquets, papeles pegados al borde de las hojas, de los que G. V. dice haber visto hasta cinco encolados unos a otros. ¿Por qué no usar folios sueltos, como hacen todos los escritores? sería facilísimo añadir y reordenar. Luego estaba el problema de los ojos. Proust se queja de la vista y cada poco tiempo manda a Céleste  a comprarle unas gafas, baratas porque las pierde o las estropea. ¿Por qué nunca se ha graduado la vista? O peor todavía, ¿por qué escribe con la sola luz de una lamparita sobre la mesilla de noche? Es necesaria una segunda lámpara que ilumine también el otro lado. Un problema más: la mala luz y la pésima caligrafía que su modo de trabajar produce dificultan, incluso para él mismo, la relectura. ¿Por qué no dicta a un mecanógrafo o, si quiere estar solo, hace mecanografiar  enseguida los textos?

Proust me daba la razón y se conmovía de mi solicitud, dice G.V., pero no hacía caso, “lo cierto es que el terrible esfuerzo de escribir se debía sólo a  su falta de sentido práctico y a la incapacidad de modificar los hábitos adquiridos”.

La enfermedad fatal. Proust es un enfermo, un enfermo crónico y grave. Él lo atestigua, sus conocidos son conscientes de ello, en el ánimo de sus lectores la batalla por la obra contra la enfermedad  provoca un sentimiento de comprensión, admiración y casi ternura; biógrafos y comentaristas etiquetan el mal de asma, neurosis, incluso algún tipo de epilepsia. ¿Cuál era la enfermedad de Proust?

Gautier Vignal no tiene dudas: fiebre del heno, alergia al polen. Y el propio autor reivindica muy seriamente su autoridad en la materia. Victima él mismo de esta afección la describe técnicamente, conoce los síntomas, la etiología, los remedios que a él le permiten llevar una vida perfectamente normal con sólo cuidados higiénicos. Respecto al mal de Proust se provee de toda clase de informaciones. Pasa revista a las enfermedades que se atribuyen a su nuevo amigo, interroga a familiares y conocidos, se remonta a los orígenes de las crisis, estudia su evolución… y, razonada y ejemplificada, se forma una opinión clara.

Proust no es un neurótico ni un ser psíquicamente anormal, menos un epiléptico, ni siquiera en términos técnicos un asmático, sólo padece, desde la infancia, alergia primaveral que cursa con síntomas parecidos a los del asma, pero que sólo se manifiesta en determinadas condiciones y épocas del año. Las molestísimas crisis que provoca, irritación de ojos y garganta, dificultad para respirar, estado catarral, pueden ser evitados con simples precauciones higiénicas y aliviados por medicamentos sencillos.

Otra vez G.V. se asombra. Proust, hijo del higienista más reputado de Europa, hermano de un gran médico, visitante asiduo de famosos doctores a los que no hace ningún caso! Por qué lleva esa vida de enfermo, está siempre muerto de frío, no sale de casa?

La conclusión es clara.  Proust está lejos de ser un enfermo. En puridad sólo una salud de hierro puede mantener vivo a alguien privado de aire libre, que no hace el más mínimo ejercicio, que, alimentándose de cafés y un croissant diario, carece de las calorías indispensables, que duerme de día y vela de noche. “Yo creo que si se sometiera sólo durante uno o dos años a un hombre joven y vigoroso al régimen que Proust había doptado tantos, se encontraría en un estado de debilidad comparable al de Proust cuando lo conocí en 1914”.

Otra vez los consejos juiciosos y la ayuda caen en saco roto, y G. V. coincide con Robert Proust en el motivo del enclaustramiento y abandono de sí mismo que está ejerciendo el escritor. “Si al principio Proust había hecho del día noche y de la noche día para evitar eventuales crisis de la fiebre del heno, cuando le conocí ya se había dado cuenta de que el modo de vida adoptado le permitía dedicarse a su obra sin ser constantemente apartado del trabajo por las tentaciones de una ciudad como París”. Tal existencia de recluso le permite graduar a voluntad las visitas de sus amigos, desatender invitaciones  y construirse una existencia tan favorable  la reflexión y la creación como desastrosa para su salud.

La alimentación, los somníferos y los estimulantes
. Marcel Proust nunca fue el niño glotón de La Recherche. Se sabe por Céleste que desde 1913/14 cuando ella se instala en casa del escritor, el alimento de este consiste en un desayuno hecho entre las cuatro y las seis de la tarde, compuesto de café, una cafetera, leche y dos croissants que más tarde se redujeron a uno. A lo largo del día no comía más. Muy raramente pedía un lenguado, una compota, unas uvas… pero lo más que hacía era probarlos y Céleste debía retirarlos intactos. Naturalmente  G.V. se espanta ¿Cómo no va a sentirse débil, cómo no va a padecer ese frío constante que le obliga en cualquier estación a llevar su abrigo forrado de piel e incluso a solicitar permiso de sus anfitriones para no despojarse de él durante las visitas y las veladas? No se trata de enfermedad, sino de pura miseria fisiológica.

 Que Proust seguía, incluso en esta época, invitando a cenar en el Ritz era cierto. G.V. cuenta el por qué y el cómo de estas cenas. “ Si Proust se había hecho un habitual del Ritz no era por la reputación elegante del hotel, sino porque estaba seguro de ser acogido a cualquier hora, por tardía que fuera. Ni siquiera a las 22 lo hubieran atendido en ningún otro sitio. Siempre generoso e incluso fastuoso, Proust quería invitarme a una buena cena. La hora no se prestaba a ello. Normalmente yo había cenado ya cuando Céleste me telefoneaba para invitarme de parte de Proust” En la sala desierta y poco iluminada G.V. pedía una cena ligera,  “Proust tomaba a veces una compota, pero la mayor parte de las veces no comía nada y se hacía traer café, no una taza, sino una cafetera de la que bebía tres o cuatro tazas. Además tomaba varios comprimidos de cafeína […….] Bajo el doble efecto del café y la cafeína, la conversación de Proust se animaba. Ya podía hablar durante horas de lo divino y lo humano con su voz sin estridencias, dulce, bastante débil, un poco velada.”

 Sigue el relato de cuando ya no les queda más remedio que abandonar el Ritz en el reguero de las propinas excesivas de Proust (G.V. cuenta cómo a veces era él quien fingía pagar la cuenta para evitarlas). Como para el autor de la Recherche es “temprano” y en el París triste y enlutado de la guerra no abren durante la noche espectáculos ni cafés y las damas de la alta sociedad no reciben, van a casa del escritor quien se tiende vestido en la cama, su amigo se sienta cerca de la cabecera y la conversación continúa hasta la madrugada.
“Cada vez que me levantaba para despedirme, Proust me retenía. Al fin lograba marcharme. ¿Iba él a acostarse, a dormir? ¡No! Contento de haber escapado algunas horas a la soledad que buscaba, pero que le pesaba, satisfecho de haber abordado con un amigo toda clase de temas que le interesaban y que estimulaban su talento, Proust iba a ponerse a la tarea. Después de trabajar durante largas horas, Proust no tenía sólo los ojos fatigados. Su fatiga era general. Aspiraba al sueño. Aspiraba al reposo, pero el café y la cafeína todavía actuaban sobre él. Para combatir su efecto no disponía más que de un medio: los somníferos. Los tomaba hacía años y aumentaba regularmente la dosis. Pero debía esperar mucho tiempo a que hicieran efecto. Dormía más o menos tiempo según su fatiga y la dosis de somnífero. Cuando se despertaba a media tarde, a veces después, se sentía aturdido. Para salir de su torpor pedía café. Y recomenzaba el círculo infernal en el que él mismo se había encerrado”.

Proust dandi y frívolo « salonard ». ¡Siempre tan elegantemente vestido, tan asiduo de los salones de moda donde pretendió, y logró, ser aceptado! ¡Aquellos tiempos que algún biógrafo titula “de la camelia en el ojal”! ¡Tan prendado de la moda, tan snob!

Tan novelesco como incierto, explica G.V., eso es confundir al autor con el personaje,  pero, sobre todo, ignorar los rígidos códigos indumentarios de la época que obligaban al chaqué, los guantes, el bastón y el sombrero de copa en determinadas ocasiones, al smoking o a la chaqueta y el sombrero hongo en otras. Proust se vestía como todo el mundo. “Cuando yo lo conocí en 1914 pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y dado su género de vida no creía necesario renovar su guardarropa, usaba sus trajes de antes perfectamente adecuados y  pasaba desapercibido. Su única singularidad era pedir permiso para conservar puesto su abrigo de piel”.

Páginas de las más divertidas de Proust connu et inconnu. El autor pasa revista a la evolución de la indumentaria masculina adecuada a las situaciones sociales desde la época de Proust hasta Pompidou y Giscard d´Estaing. Afectación, dice, la de los hippis, que se ponen smoking de colores por la tarde, pantalones y camisas de flores por el día, incluso señores de una edad respetable llevan los cabellos largos hasta el cuello como si fueran recaderos o fontaneros. En fin, gracias a él nos enteramos incluso de que existía una chistera articulada, el  aut-de-forme-claque, con un mecanismo en la copa que permitía plegarla cuando era cómodo llevarla bajo el brazo, o de que quienes debían desplazarse desde lejos a la ópera, a una soirée fuera de París, o al Casino de Montecarlo lo hacían en tren, de día, totalmente ataviados para la gran ocasión.

”Uno no puede más que asombrarse de la hostilidad de ciertos críticos respecto a la vida de la alta sociedad, es decir, de los salones. Uno de ellos, por caridad callaré su nombre, ha tratado a Proust de “ridicule petit salonard”. Este crítico tildaría de salonard a Montesquieu, Fontenelle, d´Alembert o Diderot? Quienes hablan con desprecio de los salones ignoran lo que los grandes espíritus del XVII y el XVIII  equivalentes a los del XIX, gustaban de reunirse en una mansión hospitalaria a intercambiar ideas, ignoran el papel de los salones en la vida artística y literaria, sobre todo en Francia”. Claro que cualquier persona culta y refinada ama los salones! Es la oportunidad de conocer las más bellas casas, los tesoros artísticos más exclusivos,  las personalidades nacionales y extranjeras del mundo de la cultura ¿Dónde si no? Atribuir a Proust fascinación por el aspecto frívolo es no haberlo leído o no haber entendido nada. Muy lejos de ser victima del snobismo, su visión del mundo aristocrático es burlona. Nunca fue hombre de grupo cerrado sin interés por lo que ocurre fuera de él, si lo fuera ¿habría ridiculizado  como lo hace el “espíritu Verdurin”? En cuanto a su sospechado afán de desclasamiento es bien sabido que Proust tan delicado cortés y afectuoso era con la gente importante como con la gente modesta. 

La misteriosa vida sexual de Proust.
Tema del que se ha escrito mucho y se sabe poco. Toda suerte de atribuciones amorosas, anécdotas muy escabrosas que nunca se sabe de dónde proceden…rumores, pero G. V. dice  no conocer ningún testimonio directo, un escándalo o una confidencia que los documenten. Así establece la base para reflexionar sobre el asunto: “Generalmente estamos muy mal informados sobre los deseos y los sentimientos de las personas. Unas los disimulan por discreción, otras por timidez y algunas por necesidad” Ni siquiera la correspondencia o las confidencias informan verazmente; el pudor, la prudencia, la vanidad, la visión personalista lo hacen imposible.  Por otra parte, “aun sin considerar los diferentes tipos de inversión sexual y limitándose a los seres que son normales de nacimiento se podría escribir un largo capítulo sobre anormalidades en el amor”.

 Aunque dice que “Para explicarse claramente sería necesario emplear el lenguaje de un clínico que tratase de la condición física de los individuos e incluso de su constitución psíquica” y hace pertinentes distingos entre el amor deseo, el amor pasión, el amor dependencia el amor ternura y otros, él argumenta su análisis con un largo estudio del concepto, de sus componentes espirituales y psicológicos, y la relación de estos con el placer sexual en la obra de Proust y de Stendhal. Hablando de Octave, personaje de Armance, de Stendhal: “Armance es la historia de un “babilan”. La palabra de origen italiano fue usada por primera vez, en francés, por el presidente de Brosses en Cartas familiares (1739-1740). El babilan es un amante platónico por decreto de la naturaleza. Más crudamente en nuestros días se usa el término “impotente”, pero un babilán no es siempre un impotente. Octave es capaz de dar placer a su joven esposa, pero quizá está imposibilitado para compartir ese placer.”  De un amigo que  se interesaba ardientemente por las mujeres: “mi sorpresa fue grande cuando me confesó que no era capaz de poseer a las mujeres en las que pensaba constantemente”.

Además: ”Aunque en la mayor parte de su obra P. no hace concesiones al público [.......] también cabe preguntarse si al poblar La Recherche de invertidos de ambos sexos e introduciendo escenas escabrosas no ha cedido a la tentación de seducir, como tantos escritores y cineastas, a los aficionados a las obras licenciosas”. O: no hay ningún tema que no sea tratado en La Recherche, ¿Por qué habría de eludirse este?

En fin, si es imposible estar informados de la vida amorosa de Proust, lo único honesto que se puede hacer es analizar los datos que poseemos, dice G. V., y les pasa revista. Aparte del amor  adolescente por  Marie Bernardaky, parece que hacia los veinte años mantuvo relaciones con una joven vienesa,  se sabe de su enamoramiento de Jeanne Pouquet y que  los amigos en cuyo círculo se movía eran manifiestamente mujeriegos. Además, se olvida que sus muchísimas amistades femeninas eran cultas y espirituales como las masculinas y que en la correspondencia que mantiene con ellas emplea los mismos términos laudatorios y cariñosos que con sus amigos.

Sobre las amistades amorosas masculinas de Proust no se puede ser afirmativo con la misma claridad. Se sabe que estuvo vinculado a un joven suizo atractivo e inteligente, luego a un inglés. Los dos murieron jóvenes y Proust experimentó gran pena. Muy unido también a Reynaldo Hahn viajó con él a Bretaña y mantuvieron una larga amistad. Se da por hecha su “liaison”significando que había entre ellos relaciones sexuales. Si Reynaldo hubiera sido sólo un hombre atractivo quizá podría creerse, pero Reynaldo era un ser excepcional: músico notable como pianista y compositor, gran conversador en cuatro o cinco idiomas, autor de éxito… Se concibe perfectamente que Proust se complaciera en la compañía de Reynaldo por las extraordinarias cualidades de su espíritu y sus dotes de músico. Como saber no se sabe más. También se habla de su “liaison” con Lucien Daudet. Proust era amigo de la familia Daudet. Muy amigo de Léón el hermano mayor, cuya intervención fue decisiva en la concesión del Goncourt, pero Lucien era más afin a Proust en carácter y en ideología, los dos tenían las mismas aspiraciones para las cosas del espíritu. Amaban los dos la conversación y la vida social. Tenían mucho tiempo libre. No bastaría eso a explicar su asiduidad?

El colmo de lo morboso en que biógrafos y comentaristas se entretienen es la relación de Proust con su secretario Alfred Agostinelli. “La hipótesis ha sido enunciada por biógrafos que no conocieron a ninguno de los dos y poseen informaciones de segunda mano. Veamos los hechos”.

Proust conoce a Agostinelli en 1907; es uno de los tres chóferes que él emplea indistintamente en en Cabourg durante el verano y en París en invierno. En esta época los automóviles eran raros y al oficio de conductor se dedicaban jóvenes que tenían pasión por la mecánica y que gozaban de un marchamo de deportistas, como ocurrió más tarde con los aviadores. En 1911 en París, Agostinelli se dirige a Proust solicitando una recomendación de trabajo para Anna, su querida; el escritor lo atiende y Agostinelli desaparece sin que Proust, al parecer, se interese en retenerlo. El verano de 1913 Proust parte para Cabourg conducido por Agostinelli. La estancia sólo dura 10 días. Proust vuelve con él a París de manera imprevista, sin siquiera recoger sus cosas en el hotel y el matrimonio Agostinelli se instala en la casa del boulevard Haussman.
Como Odilón Albaret, ya casado con Céleste, ejerce de chófer, Agostinelli es contratado como secretario. De esa época, Proust a su anterior secretario Albert Nahmias:. “Evite hablar de mi secretario, (ex - mecánico). La gente es tan estúpida que podrían ver en eso (como han visto en nuestra amistad) alguna traza de pederastia. Me da lo mismo por mí, pero no querría  afligir a este muchacho.”
Por entonces parece que tuvo proyectos de matrimonio con una viuda. En cartas a dos amigos alude a “una persona a la que veo raramente en París” (que no es Agostinelli ni Anna, ya instalados en su casa) y a una “situación delicada”. Cabe pensar que ese asunto fuera el desencadenante de su retorno precipitado. Pero no se sabe de quién ni de qué se trata.  .

 “¿Pueden imaginarse juegos amorosos entre el hombre débil y enfermizo que era Proust en esa época y Agostinelli?, ¿con el consentimiento de su mujer?, ¿sin que lo supiera Céleste que no simpatizaba con  la pareja? Esta relación amorosa nos parece totalmente improbable a quienes, como yo, conocimos a Proust en esa época. Yo creo que lo que se ha sospechado una liaison fue, en realidad la inclinación de un hombre débil, frágil, incapaz de ir y venir libremente, que llevaba una vida artificial,  semirreclusa y laboriosa hacia un hombre  joven, apuesto, activo y que sentía por el escritor un sincero afecto”.

En cuanto a las expresiones de afecto o de pena que se pueden documentar en cartas o conversaciones tras la muerte de Agostinelli,  Proust las prodigaba habitualmente, era su estilo: “No hay que olvidar que usaba con frecuencia el superlativo. Usaba, por ejemplo la palabra ternura, en donde la mayoría de la gente utiliza afecto o aprecio”. No obstante, en la última carta a Agostinelli, escrita el 30 de mayo de 1914, el mismo día que el aviador murió en el mar cerca de Antibes, Proust, tras citar una poesía de Mallarmé “que a usted tanto le gusta aun encontrándola oscura”, habla del avión que pensaba regalarle y termina sencillamente:“Le estrecho amistosamente la mano”.  “Si en nuestra primera entrevista Proust me habló largamente de Agostinelli y la pena que le causaba su muerte, en adelante no mencionó  delante de mí al aviador. Su tristeza se había disipado. Fue la guerra con sus angustias, sus sufrimientos y sus duelos lo que marcó en adelante la vida de Proust”.

Lo que sigue es la conclusión de G.V. ; “Respecto a la vida amorosa de Proust no sabemos nada preciso. Fue sensible a la belleza a la gracia, al encanto de los seres de ambos sexos, pero eso no es exclusivo de Proust.
Se ha hablado de sus relaciones con mujeres y con hombres, pero nada se puede afirmar al respecto.
Por mi parte creo que a Proust siempre le faltaron los medios físicos necesarios para una verdadera vida amorosa, es decir para una vida sexual.
En la época en que lo conocí, no estaba enfermo pero vivía como tal [……….] llevando en el plano corporal una existencia reducida, incompleta, restringida.
Antes de esta época,  me han dicho sus antiguos amigos que en el plano físico estaba en el mismo estado de fragilidad, de debilidad, de indigencia.
Reuniendo todo lo que he comprendido en mis largas entrevistas con Proust, adquirí la convicción de que era un “babilan”,  más completamente que lo fue el Octave de la novela de Stendhal.
En los sentimientos que haya podido experimentar por los seres de uno u otro sexo la imaginación tuvo más que ver que los sentidos. Estos sentimientos pueden pues ser calificados de platónicos según la expresión acuñada hace mucho tiempo para ese género de inclinación”

El carácter y la obra. Del mismo modo ponderado Gautier Vignal va pasando revista a la vida y el carácter de Proust nada melancólico, dice, sino jovial, dulce y de una infinita paciencia, siempre dirigido a complacer y a gustar a los demás. También a la obra en un estudio agudo y elogioso. Y respecto a ella igualmente algunas demostraciones desmitificadoras acerca de lo que se ha juzgado conocimiento exhaustivo de Proust acerca de pintura, música, filosofía…pero quizá lo mas curioso es esta apreciación: ”Me parece sin embargo que la crítica concede demasiada importancia a la noción de tiempo perdido y recobrado. La concepción proustiana es nueva en la literatura novelesca, pero el sentimiento de la huida del tiempo no es una revelación reservada a los grandes espíritus. Está al alcance de todos”.

Puede coincidirse más o menos con la visión que Louis Gautier Vignal ofrece de Proust, pero no cabe duda de que esta mirada a ras de suelo es una aportación presidida por el amor a la verdad y como él mismo diría “higiénica” contra la suposición y la mitomanía que embrollan la biografía del autor de À la Recherche.

Sevilla, octubre de 2010

jueves, 19 de agosto de 2010

De un tirón! La frase más larga.

 Esa de más de mil cuatrocientas palabras que no encontraba en ÀLRDTP. Porque no pertenece a su texto: está en Contre Sainte-Beuve,  en el capítulo y página que se citan de la edición de Gallimard.

Mi curiosidad es si puede verterse al castellano tal cual, conservando la sintaxis y la puntuación. Nada más fácil que convertirla a la norma, pero también en francés el texto es un auténtico exceso y no exactamente un prodigio de elegancia sintáctica, con sus redundancias excesivas,  abuso de consecutivas, vertebrado sobre  pronombres cuyo antecedente (la race maudite) se pierde en las lejanías de una  maraña sintáctica de digresiones y enumeraciones uniformente pautadas por comas con sólo dos concesiones al punto y coma. Hipérbatos fortísimos, pero, que si se examinan con cuidado, apenas caen en el anacoluto ni yerran en la complicadísima consecutio temporum. ¡Qué pasión y qué audacia!

Proust, tan quisquilloso en punto a sintaxis, escribiendo a sus amigos para comentar las menudas faltas de propiedad que aparecían en las obras por ellos publicadas! No cabe duda de que este fragmento está compuesto así intencionadamente y que le habría sido más fácil ritmarlo como hace cuando lo retoma en Sodome et Gomorrhe I. Además, el mismo Proust es consciente de la desmesurada extensión de sus periodos gramaticales. En una carta de 1905 a Robert Dreyfus: ".... me siento obligado a tejer estas largas hebras de seda tal como las hilo, y si abreviara mis frases resultarían trocitos de frase, no verdaderas frases" .

Hago el experimento y no sé si contravengo la máxima de traducción: “tan literal como sea posible, tan libre como sea necesario”. Entiendo que en este caso la literalidad sintáctica es lo necesario para trasladar el sentido de esta enormidad.  Además confieso que es también mi preferencia: detesto esas traducciones que se dedican a “mejorar” al traducido o lo hacen hablar como un castizo del idioma de recepción. El personal sentido de lo castizo de cada traductor nos ha proporcionado algunas versiones que dios nos valga! El respeto a su lengua y a la mía hace que no tenga ningún propósito de castellanizar a Proust.
Las 1411 palabras francesas arrojan 1293 en esta versión.
Doy, al final, el texto original.


LA RAZA MALDITA (Fragmento)
Contre Sainte - Beuve. Gallimard. Folio essais. 249, 253

Raza maldita ya que lo que es para ella el ideal de la belleza y el alimento del deseo es también el objeto de la vergüenza y el temor al castigo, y obligada a vivir hasta en los banquillos del tribunal a los que llega como acusada y delante de Cristo en la mentira y el perjurio, porque su deseo sería de alguna manera, si supiera comprenderlo, inadmisible, dado que amando sólo al hombre que no tiene nada de mujer, al hombre que no es “homosexual”, no es ese quien pueda saciar un deseo que tal raza no debía poder experimentar por él más que él por ella si el deseo de amor no fuera un gran mentiroso y no prestara a la más infame “tía”(1) la apariencia de un hombre, de un auténtico hombre como los demás, que milagrosamente sería presa de amor o de condescendencia para con ella, raza obligada como los criminales a ocultar su secreto a quienes más ama, temiendo el dolor de su familia, el desprecio de sus amigos, el castigo de las leyes de su país; raza maldita, perseguida como Israel y como ese pueblo terminando, en el oprobio común de una abyección inmerecida, por adquirir unos caracteres comunes, la apariencia de una raza, al llegar a tener todos sus miembros ciertos rasgos físicos que a menudo repugnan aunque a veces sean bellos, unos corazones de mujer amorosos y delicados, pero también una naturaleza femenina sospechosa y perversa, coqueta y chismosa, facilidad de mujer para brillar en todo, incapacidad de mujer para sobresalir en nada; excluidos de la familia, con quien no pueden manifestarse en entera confianza, de la patria a cuyos ojos son criminales clandestinos, de sus propios semejantes, a quienes inspiran el desagrado de reconocerse, la advertencia de que lo que creían un amor natural es una locura enfermiza y también esa femineidad que les repugna, corazones amantes sin embargo, excluidos de la amistad porque sus amigos podrían sospechar que no es amistad pura lo que se experimenta por ellos pero tampoco comprendidos si confesaran que lo que sienten es otra cosa, objeto ora de un desconocimiento ciego que no los ama más que ignorándolos, ora de una repugnancia que los incrimina en lo que tienen de más limpio, ora de una curiosidad que intenta explicarlos y los comprende al revés, elaborando respecto a ellos una psicología de soldado de infantería (2) que, incluso creyéndose imparcial es tendenciosa y admite a priori, como esos jueces para quienes un judío es por naturaleza traidor, que un homosexual es fácilmente un asesino; como Israel buscando lo que no son y lo que nunca será suyo, pero experimentando los unos por los otros, por encima de las aparentes maledicencias, rivalidades y desprecios del menos homosexual por el más homosexual, como el más desjudaizado por el judío, una solidaridad profunda, en una especie de franc-masonería que es más vasta que la de los judíos porque lo que de ella se conoce es nada y sin embargo se extiende hasta el infinito más poderosa, por otra parte, que la verdadera fanc-masonería porque se asienta sobre una conformidad de naturaleza, una identidad de gustos, de necesidades, por decirlo así de reconocimiento y de comercio, con el granuja que le abre la portezuela del coche, o más dolorosamente a veces con el prometido de la propia hija y a veces, amarga ironía, con el médico que pretende que lo cure de su vicio, con el hombre de mundo que lo veta en el círculo, con el cura que lo confiesa, con el magistrado civil o militar encargado de interrogarlo, con el soberano que lo hace perseguir, y argumentando estúpida y continuamente con una satisfacción constante (o irritante) que Catón era homosexual igual que los judíos argumentan que Jesucristo era judío , sin comprender que no había homosexuales en la época en que la costumbre y el buen tono eran convivir con un hombre joven igual que hoy lo es mantener a una bailarina, en la que Sócrates, el hombre más moral que hubo jamás, hizo bromas escabrosas sobre dos jovencitos sentados juntos, bromas completamente naturales como se hacen a un primo y una prima que parecen estar mutuamente enamorados y que son más reveladoras de un estado social que de teorías que podrían ser sólo personales, igual que no había judíos antes de la crucifixión de Jesucristo, hasta el punto de que, por original que resulte, el pecado tiene su origen histórico en una disconformidad posterior al concepto; pero probando entonces por su resistencia a la predicación, al ejemplo, al desprecio, a los castigos de la ley, una disposición que el resto de los hombres saben tan fuerte y tan innata que les repugna más que los crímenes que necesitan una lesión de la moralidad, porque los crímenes pueden ser ocasionales y cualquiera puede comprender el acto de un ladrón o un asesino pero no de un homosexual; parte, así pues, repudiada de la humanidad, pero, sin embargo, miembro esencial, invisible, innumerable de la familia humana, sospechado donde no está, expuesto, insolente, impune donde no se lo conoce, en todas partes, en el pueblo, en el ejército, en el templo; en el teatro, en presidio, sobre el trono, desgarrándose pero sosteniéndose, no queriendo conocerse, pero reconociéndose y adivinando un semejante del que sobre todo no quiere confesarse a sí mismo – menos aún que lo sepan los demás – que sea su igual, viviendo en la intimidad de aquellos a quienes la vista de su crimen, si un escándalo se produjera, volvería, como la vista de la sangre, feroces como las fieras, pero como el domador, al verlos pacíficos en la sociedad, jugando con ellos, hablando de homosexualidad, provocando sus gruñidos, porque nunca se habla tanto de homosexualidad como delante de un homosexual, hasta el día infalible en que, tarde o temprano, será devorado, igual que el poeta recibido en todos los salones de Londres, (3) perseguidos él y sus obras, sin que se le pudiera encontrar un lecho donde dormir ni un teatro donde representarlas, y después de la expiación y la muerte, ya con una estatua erigida sobre la tumba, obligado a travestir sus sentimientos, a cambiar todas sus palabras, a cambiar al femenino sus frases, a dar conscientemente excusas a sus amigos, a la cólera de ellos, más embarazado por la necesidad interior y el orden imperioso de de no creerse presa de un vicio que por la necesidad social de no dejar ver sus gustos; raza que pone su orgullo en no ser una raza, en no ser diferente del resto de la humanidad para que su deseo no se le represente como una enfermedad, su realización misma como una imposibilidad, sus placeres como una ilusión, sus características como una tara hasta el punto que estas páginas, las primeras, puedo decirlo, desde que hay hombres y que estos escriben, que se le hayan consagrado en espíritu de justicia por sus méritos morales e intelectuales, que no están como se dice afeados en ella, de piedad por su infortunio innato y por sus desdichas injustas, serán las que ella escuche con más cólera y que leerá con el sentimiento de mayor pena, porque si en el fondo de todos los judíos hay un antisemita al que se halaga más si se le considera un cristiano aunque se le encuentren todos sus defectos, en el fondo de todo homosexual hay un antihomosexual a quien no se puede infligir mayor insulto que reconocerle los talentos, las virtudes, la inteligencia, el corazón, y en suma, como a cualquier carácter humano el derecho al amor bajo la forma que la naturaleza nos (4) haya permitido concebirlo, aunque, para decir verdad se está obligado a confesar que esta forma es rara, que estos hombres no son iguales a los demás. (5)


1. En esta época el término homosexual no era de curso legal en Francia. Recién importado de Alemania se dudaba en utilizarlo.En francés se empleaba el coloquialismo "tante": así el primer capítulo de Sodome et Gomorrhe se titula La race des tantes.

2. Soldado de infantería. La traducción no ofrece duda, pero el sentido se me escapa.

3. Alusión indudable a Oscar Wilde, muerto en 1900, ocho años antes de la redacción de Contre Sainte-Beuve.

4 "nos" pot "le". Anacoluto que no me atrevo a subsanar por razones evidentes

5. Contradicción flagrante: con esta última frase el autor cae en lo que está criticando.


Original
Race maudite puisque ce qui est pour elle l´idéal de la beauté et l'aliment du désir est aussi l'objet de la honte et la peur du châtiment, et qu'elle est obligée de vivre jusque sur les bancs du tribunal où elle vient comme accusée et devant le Christ, dans le mensonge et dans le parjure, puisque son désir serait en quelque sorte, si elle savait le comprendre, inadmissible, puisque n'aimant que l´homme qui n'a rien d'une femme, l'homme qui n'est pas « homosexuel », ce n'est que de celui-là qu'elle peut assouvir un désir qu'elle ne devrait pas pouvoir éprouver pour lui, qu'il ne devrait pas pouvoir éprouver pour elle, si le besoin d'amour n'était pas un grand trompeur et ne lui faisait pas de la plus infame  tante » l`apparence d´un homme, d'un vrai homme comme les autres, qui par miracle se serait pris d'amour ou de condescendance pour lui, puisque comme les criminels elle est obligée de cacher son secret à ceux qu´elle aime le plus, craignant la douleur de sa famille, le mépris de ses amis, le châtiment de son pays; race maudite, persécutée comme Israël et comme lui ayant fini, dans l´opprobre commun d´une abjection imméritée, par prendre des caractères communs, l´air d'une race, ayant tous certains traits caractéristiques, des traits physiques qui souvent répugnent, qui quelquefois sont beaux, des cœurs de femme aimants et délicats, mais aussi une nature de femme soupçonneuse et perverse, coquette et rapporteuse, des facilités de femme à briller à tout, une incapacité de femme à exceller en rien; exclus de la famille, avec qui ils ne peuvent être en entière confidence, de la patrie, aux yeux de qui ils sont des criminels non découverts, de leurs semblables eux-mêmes, à qui ils inspirent le dégoût de retrouver en eux-mêmes l´avertissement que ce qu´ils croient un amour naturel est une folie maladive, et aussi cette féminité qui leur déplaît, mais pourtant cœurs aimants, exclus de l´amitié parce que leurs amis pourraient soupçonner autre chose que de l”amitié quand ils n éprouvent que de la pure amitié pour eux, et ne les comprendraient pas s'ils leur avouaient quand ils éprouvent autre chose, objet tantôt d'une méconnaissance aveugle qui ne les aime qu´en ne les connaissant pas, tantôt d´un dégoût qui les incrimine dans ce qu´ils ont de plus pur, tantôt d'une curiosité qui cherche à les expliquer et les comprend tout de travers, élaborant à leur endroit une psychologie de fantassin qui, même en se croyant impartiale est encore tendancieuse et admet a priori, comme ces juges pour qui un Juif était naturellement un traître, qu´un homosexuel est facilement un assassin; comme Israël encore recherchant ce qui n”est pas eux, ce qui ne serait pas d'eux, mais éprouvant pourtant les uns pour les autres, sous l´apparence des médisances,des rivalités, des mépris du moins homosexuel pour le plus homosexuel comme du plus déjudaïsé pour le petit Juif, une solidarité profonde, dans une sorte de franc-maçonnerie qui est plus vaste que celle des Juifs parce que ce qu'on en connaît n'est rien et qu'elle s´étend à l'infini et qui est autrement puissante que la franc-maçonnerie véritable parce qu´elle repose sur une conformité de nature, sur une identité de goût, de besoins, pour ainsi dire de savoir et de commerce, en voiture dans le voyou qui lui ouvre la portière, ou plus douloureusement parfois dans le fiancé de sa fille et quelquefois avec une ironie amère dans le médecin par qui il veut faire soigner son vice, dans l'homme du monde qui lui met une boule noire au cercle, dans le prêtre à qui il se confesse, dans le magistrat civil ou militaire chargé de l´interroger, dans le souverain qui le fait poursuivre, radotant sans cesse avec une satisfaction constante (ou irritante) que Caton était homosexuel, comme les Juifs que Jésus-Christ était Juif, sans comprendre qu”il n'y avait pas d'homosexuels à l'époque où l´usage et le bon ton étaient vivre avec un jeune homme comme aujourd'hui d'entretenir une danseuse, où Socrate, l´homme le plus moral qui fût jamais, fit sur deux jeunes garçons assis l”un près de l”autre des plaisanteries toutes naturelles comme on fait sur un cousin et sa cousine qui ont l´air amoureux l´un de l'autre et qui sont plus révélatrices d'un état social que des théories qui pourraient ne lui être que personnelles, de même qu'il n'y avait pas de Juifs avant la cruciñxion de jésus-Christ, si bien que pour originel qu'il soit, le péché a son origine historique dans la non-conformité survivant à la réputation; mais prouvant alors par sa résistance à la prédication, à l´exemple, au mépris, aux châtiments de la loi, une disposition que le reste des hommes sait si forte et si innée qu´elle leur répugne davantage que des crimes qui nécessitent une lésion de la moralité, car ces crimes peuvent être momentanés et chacun peut comprendre l´acte d'un voleur, d'un assassin mais non d´un homosexuel; partie donc réprouvée de l´humanité mais membre pourtant essentiel, invisible, innombrable de la famille humaine, soupçonné là où il n'est pas, étalé, insolent, impuni là où on ne le sait pas, partout, dans le peuple, dans l´armée, dans le temple; au théâtre, au bagne, sur le trône, se déchirant et se soutenant, ne voulant pas se connaître mais se reconnaissant, et devinant un semblable dont surtout il ne veut pas s'avouer de lui-même - encore moins être su des autres – qu´il est le semblable, vivant dans l´intimité de ceux que la vue de son crime, si un scandale se produisait, rendrait, comme la vue du sang, féroces comme des fauves, mais habitué comme le dompteur en les voyant pacifiques avec lui dans le monde à jouer avec eux, à parler homosexualité, à provoquer leurs grognements si bien qu'on ne parle jamais tant homosexualité que devant l´homosexuel, jusqu'au jour infaillible où tôt ou tard il sera dévoré, comme le poète reçu dans tous les salons de Londres, poursuivi lui et ses oeuvres, lui ne pouvant trouver un lit où reposer, elles une salle où être jouées, et après l´expiation et la mort, voyant' s'élever sa statue audessus de sa tombe, obligé de travestir ses sentiments, de changer tous ses mots, de mettre au féminin ses phrases, de donner à ses propres yeux des excuses à ses amitiés, à ses colères, plus gêné par la nécessité
intérieure et l´ordre impérieux de son vice de ne pas se croire en proie à un vice que par la nécessité sociale de ne pas laisser voir ses goûts; race qui met son orgueil à ne pas être une race, à ne pas différer du reste de l´humanité, pour que son désir ne lui apparaisse pas comme une maladie, leur réalisation même comme une impossibilité, ses plaisirs comme une illusion, ses caractéristiques comme une tare, de sorte que les pages les premières, je peux le dire, depuis qu'il y a des hommes et qui écrivent, qu´on lui ait consacrées dans un esprit de justice pour ses mérites moraux et intellectuels, qui ne sont pas comme on dit enlaidis en elle, de pitié pour son infortune innée et pour ses malheurs injustes, seront celles qu'elle écoutera avec le plus de colère et qu´elle lira avec le sentiment le plus pénible, car si au fond de presque tous les Juifs il y a un antisémite qu´on flatte plus en lui trouvant tous les défauts mais en le considérant comme un chrétien, au fond de tout homosexuel, il y a un anti-homosexuel à qui on ne peut pas faire de plus grande insulte que de
lui reconnaître les talents, les vertus, l´intelligence, le cœur, et en somme comme à tout caractère humain, le droit à l´amour sous la forme où la nature nous a permis de le concevoir, si cependant pour rester dans la vérité on est obligé de confesser que cette forme est étrange, que ces hommes ne sont pas pareils aux autres.

Sevilla, agosto de 201
Etiqueta. Traducciones

viernes, 6 de agosto de 2010

Para Tgandara

 
Tus objeciones son razonables, pero aquí expreso criterios míos y se da el caso de que la literatura, el arte, que prefiero es la enigmática, la que insistentemente hace que el lector se plantee preguntas, no la que explica, promueve historias consumibles y aceptación del punto de vista autoral. Por eso, es cierto, no quiero a los personajes y nunca me ha hecho llorar una novela. Me conmueven de otra manera.

Pienso que si la lectura fuera distracción y consenso sería de la misma naturaleza que cualquier acto de consumo o curiosidad chismosa.  Y para posibles respuestas (por muy antiproustiano que esto sea) mejor la ciencia.

La actividadidad que acepto como destinataria es el enfrentamiento con el discurso formal-temático que el autor plantea. El estilo es para mí, como para Proust  (más o menos, cito de memoria)  la marca de transformación que el pensamiento del autor hace sufrir a la realidad y a la lengua. Pero que ambas cosas me admiren e interesen mucho no significa que me identifique con las que un autor propone

El lenguaje que uso para hablar de la literatura? No es el único posible. Se puede ir desde el de La Rueda de Virgilio al de la escuela idealista. Yo prefiero, para esto, terminología de contornos más precisos 

De todas formas, gracias por  debatir estas cosas; que nos interesen ya es tener algo en común ¿No crees?
 Agosto de 2010
mcmejias